La represión comienza mucho antes de la prisión y se instala poco a poco en un clima en el que la privación de libertad es una amenaza constante. “En Burundi, las personas activistas se exponen a procedimientos judiciales arbitrarios, secuestros o desapariciones”, alerta Anitha Gatarestse, miembro de la asociación Tournons la Page. En Guinea, Alseny Farinta Camara advierte que “las personas que insisten en expresarse libremente se ven obligadas a exilarse, mientras que otras desaparecen”.
En Guatemala, Lucía Ixchíu recuerda lo sucedido en San Rafael Las Flores entre 2007 y 2008, cuando las comunidades campesinas e indígenas organizaron una movilización pacífica contra un proyecto de minería metálica iniciado sin contar con licencia social. “Cuando los miembros de la comunidad comprendieron que se instalaría una mina en su territorio, se pronunciaron contra el proyecto”, explica. “El Estado de Guatemala creó una ‘mesa de diálogo’, que en realidad servía en para identificar a los lideres y lideresas. En 2011, se declaró el estado de sitio: se suspendieron los derechos constitucionales y se ordenó la presencia militar en la zona. Lo que siguió fue literalmente un levantamiento de Estado, que fue algo terrible. La Policía llegaba a las zonas militarizadas y se llevaba a todos los líderes y lideresas.
Son varios los caminos que conducen a las personas defensoras de los derechos a prisión, donde se les reserva un trato violento. Tortura, violencia sexual, amenazas a sus seres queridos: la represión no se detiene frente a las puertas de la prisión. En Guatemala, Lucía Ixchíu revela la brutalidad con la que se trató a los defensores y defensoras de San Rafael Las Flores: “Algunas personas desaparecieron, otras fueron secuestradas, asesinadas o aparecieron muertas con signos de tortura, algún tiempo después. Muchas otras son víctimas de tortura en prisión”.
En Argelia, Walid Nekiche, un estudiante argelino implicado en el Hirak declaró haber sido víctima de tortura y violencia sexual durante su reclusión. Tras su liberación, su testimonio resultó incómodo para las autoridades, por lo que las fuerzas del orden optaron por presionar a su hermana, según la información recogida por Nassera Dutour de la CFDA. Atacar a los seres queridos es una forma de minar la solidaridad.
Las personas encarceladas por motivos políticos también suelen ser sometidas a violencia psicológica. Entre los métodos empleados para quebrarlas mentalmente se encuentran el aislamiento prolongado, la separación del resto de la población carcelaria y el alojamiento en módulos especiales, entre otros.
En Türkiye, Berfin A. fue acusada de haber mostrado videos de propaganda a estudiantes y condenada por “propaganda terrorista”. Pasó un año y nueve meses en prisión, en la que sufrió todo tipo de tortura: “Cada establecimiento cuenta con dos tipos de módulo, uno para las y los prisioneros políticos y otro para los no políticos (comunes). Para ir al módulo “común”, a las personas se les obliga primero que todo a declarar que han abandonado la organización política a la que presuntamente pertenecían y a pedir perdón por sus actos. La dirección del establecimiento y la junta de vigilancia examinan su declaración y determinan si es satisfactoria o no”.
En Tailandia, Akanit Tadi denuncia que las personas encarceladas por motivos políticos pierden su derecho al voto y que su comunicación con el mundo exterior es restringida y supervisada de forma constante. Según los testimonios recogidos, estas condiciones particulares forman parte de una estrategia de desgaste moral, que provoca un profundo sufrimiento mental a las personas privadas de libertad.
En Túnez, Ramla Dahmani se ha convertido en la portavoz de su hermana Sonia, encerrada en un módulo de la prisión reservado a las prisioneras políticas y de conciencia. “Sonia se encuentra en un módulo de máxima seguridad […]. La vigilancia en este lugar es constante. Sonia comparte una celda insalubre de 20 m2 con otras cuatro mujeres […]. En la última audiencia, vi a mi hermana de espaldas, y solo la reconocí cuando me dijeron que era ella. Al privarla de sus necesidades más básicas, como bañarse o comer lo suficiente, la dirección de la prisión está destrozando su imagen y su mente. Con estas condiciones pretenden destruirla, pero por ahora no lo han logrado”. Ramla declara que las prisioneras políticas y de conciencia se alojan en el mismo módulo, pero no pueden dirigirse la palabra. Solo se les permite hablar con las mujeres que comparten su celda. Las compañeras de celda de las prisioneras políticas son reclusas de derecho común, elegidas por la dirección de la prisión. Estas se asignan de manera estratégica para vigilar e informar sobre cualquier cosa que hagan o digan las prisioneras políticas. Si una de ellas aporta una información y las otras no, estas últimas se exponen a sanciones. Tal sistema se ha instaurado para que siempre tengan miedo las unas de las otras. Sonia se encuentra bajo vigilancia constante, incluso por parte de sus compañeras. Tan pronto como empieza a crear una amistad con alguna de ellas, las cambian de celda; todo está hecho para sofocar cualquier señal de solidaridad que pueda manifestarse”.
En Irán, Soheil Arabi pasó varios años encarcelado en una prisión de máxima seguridad debido a su activismo. Durante su reclusión, permaneció en régimen de aislamiento y fue sometido a frecuentes interrogatorios. Soheil recuerda: “ El primer día de interrogatorio me golpearon e insultaron”.
“Estaban molestos conmigo por criticar el islam y por publicar en línea contenido sobre temas sociales. Pero, en particular, me acusaban de criticar al profeta del islam y a los imanes. Me golpearon tan fuerte que perdí el conocimiento, y, cuando desperté, ya estaba en mi celda. Mi primer día consistió en golpes, insultos y amenazas. Unos días después, comenzaron los “verdaderos” interrogatorios. Los oficiales imprimieron algunas de las publicaciones que había subido a las redes sociales y me pidieron que las justificara y explicara por qué había difundido este contenido. En ellos criticaba la situación de Irán con el objetivo de encontrar soluciones. Sin embargo, querían que confesara que había recibido dinero por parte de Israel y Estados Unidos, y, por esta razón, me golpearon, amenazaron y torturaron. Tenía la impresión de que querían hacer creer que yo habría derrocado al Gobierno si no me hubieran arrestado, porque buscaban una mayor recompensa. A pesar de todo resistí. Aunque esto me costará la privación de visitas y de llamadas por tres años.“