Análisis

Serie Lo que no es la prisión (4)

Existen muchas ideas preconcebidas en torno a la prisión. Entre ellas, una de las más frecuentes es que las personas privadas de libertad son quienes dictan las reglas en los establecimientos penitenciarios. Tráfico de teléfonos, intimidación, redes de influencia, opresión del personal penitenciario… En el imaginario colectivo, son ellas las que se encuentran al mando de las prisiones europeas.

Sin embargo, en la práctica, la realidad es muy distinta. Para salir de su celda, comunicar con sus seres queridos, recibir atención sanitaria, asistir a un curso, ver el color del cielo desde el patio interior, o incluso bañarse, las personas privadas de libertad dependen del personal penitenciario. Son los funcionarios los que poseen las llaves de las celdas, y, por tanto, la capacidad de abrirlas o no.

¿A qué se refieren entonces estos relatos de un sistema penitenciario a la deriva? ¿Refleja el imaginario colectivo la realidad de las dinámicas de poder? Y, sobre todo, ¿están realmente las personas privadas de libertad en posición de imponer sus propias reglas? En el último episodio de nuestra serie: Lo que no es la prisión, dos antiguas personas privadas de liebrtad, un sociólogo y un miembro del personal penitenciario responden a Prison Insider y hablan de las dinámicas de poder que se ejercen en prisión.

─ Este artículo forma parte del proyecto La verdad sin velos, que cuenta con el apoyo del European Media and Information Fund – Calouste Gulbenkian Foundation.

Circulares, instrucciones y notas de servicio regulan todos los aspectos de la vida en prisión.

La cuestión de la seguridad se ha convertido en una justificación válida para intervenir en la vida cotidiana.

Según Didier Fassin, esta norma oficiosa contribuye a mantener cierta paz social en prisión.

“Las personas privadas de libertad no forman un grupo homogéneo, sino que se dividen según criterios de raza y clase social”