A esta pregunta, Luca Sterchele responde: “ante todo a la administración”. La gobernanza en prisión se basa en la lógica de “la zanahoria y el palo”. En otras palabras, la ley define los criterios de acceso a ciertos derechos, como las actividades, el trabajo o la revisión del cumplimiento de las penas, pero su aplicación depende también de las evaluaciones oficiosas, lo que deja al personal un margen de maniobra considerable.
Una persona privada de libertad a quien se le percibe como “débil”, que respeta los códigos implícitos del establecimiento, obtendrá con mayor facilidad ciertos beneficios o grados de flexibilidad de manera puntual. Entre esos códigos no escritos pueden figurar, por ejemplo, no impugnar una decisión en público o dirigirse al personal de manera respetuosa, educada o cordial.
Las personas que cuentan con recursos financieros, sociales o culturales se desenvuelven con mayor facilidad en este entorno. Dragos, antiguo recluso húngaro y presidente de la Liga Detinutilor, una asociación que acompaña a las personas privadas de libertad, señala: “Tu personalidad realmente te ayuda a sobrellevar el encarcelamiento”.
Esto les puede permitir ganar unos minutos más de ducha o de visita con sus familiares, o incluso conseguir que el personal “haga la vista gorda” ante su consumo de cannabis o se abstenga de redactar un informe sobre algún incidente. La simpatía o, por el contrario, la antipatía de un funcionario hacia una persona privada de libertad puede influir en la aplicación de sanciones o el acceso a ciertos derechos.
Sin embargo, esto no significa que las personas percibidas como “débiles” o “influyentes” escapen al poder institucional. “Qué interés tendrían los reclusos en pretender que están al mando?, se pregunta Damien Rameau, “Sea como sea, si el guardia decide no abrir la puerta de la celda, no la abrirá. Las personas privadas de libertad saldrían perjudicadas por partida doble, es decir, tanto en su vida cotidiana como en el plano penal”.
Para la gran mayoría de la población carcelaria, las reglas tácitas de docilidad, por ejemplo, constituyen un obstáculo para el acceso a sus derechos fundamentales. John McGhee, antiguo recluso escocés, declara:“Debía pelear todos los días para poder obtener las cosas a las que tenía derecho” […] Recuerdo que una vez había enviado una solicitud para una visita. Mi familia viajó dos horas y media hasta Edimburgo para que, al final le rechazaran la entrada. Resulta que un guardia había tirado a la basura mi formulario debido a un desacuerdo que habíamos tenido tres semanas antes”. Si el respeto de los derechos depende de la voluntad del personal, estos se convierten en algo que se debe negociar o ganar.
“Este código informal abre o cierra vías de acceso a los derechos en función de la capacidad de una persona privada de libertad a respetarlo”, señala Luca Sterchele. “Y cuando la aplicación de un derecho depende de otras reglas o comportamientos, ya no es un derecho, sino un privilegio”.
Estas normas informales no son neutrales, ya que también reflejan las representaciones y prejuicios del personal penitenciario. Luca Sterchele describe un fenómeno de discriminación racial en las prisiones italianas del que son objeto ciertas personas privadas de libertad, percibidas por el personal como sospechosas por defecto. “Existe una idea generalizada de que las personas reclusas norteafricanas son simuladoras, astutas, y siempre fingen dolor para obtener favores. Esta representación afecta su acceso a la atención sanitaria, ya que cada solicitud se recibe con desconfianza y, a veces, puede ser rechazada por ese motivo”. “Estas prácticas están normalizadas, se consideran “la forma en que funcionan las cosas”, lo que las hace muy difíciles de cuestionar”, añade. Además, cuestionar estas prácticas resulta mucho más difícil, dado que las vías de recurso son poco accesibles para las personas privadas de libertad y rara vez dan resultados.