Casi un tercio de los reclusos en todo el mundo se encuentran encarcelados en los doce países más expuestos al cambio climático y las catástrofes naturales. Su única opción en caso de urgencia es contar con las autoridades.
El temblor que azotó Nepal causó graves daños a la prisión de Katmandú, en la que dieciséis personas fallecieron y veinte tres resultaron heridas. En Perú, un seísmo destruyó la prisión de Tambo de Mora, construida sobre un terreno arenoso. Las celdas del establecimiento, ubicado a 40 km del epicentro, se llenaron de agua y arena, y los muros colapsaron. En Haití, los seísmos y los tsunamis recurrentes han derribado tribunales y hecho desaparecer expedientes. A raíz de esto, los reclusos sufren de una inexistencia jurídica que les impide obtener su liberación.
En Mozambique, el ciclón Idai destruyó cuatro de las siete prisiones de la provincia de Sofala. Cuarenta reclusos y miembros del personal quedaron bloqueados sobre el techo de la prisión de Buzi, sin agua ni comida. En Côte d’Ivoire y en Indonesia, las lluvias torrenciales derrumbaron las paredes de las prisiones; los reclusos escaparon para sobrevivir.
En Pakistán, las intensas lluvias, que inundaron un tercio del país, causaron estragos en las prisiones de la provincia de Sindh. Muchos establecimientos pasaron varios meses sumidos en la oscuridad, algunas de sus paredes se vinieron abajo y los reclusos tuvieron que trasladarse a otras prisiones.
En Estados Unidos, cientos de personas quedaron atrapadas en la prisión de Orleans Parish durante el devastador huracán Katrina. Los reclusos pasaron cuatro días encerrados en sus celdas, sin agua, comida ni electricidad, y con el nivel del agua hasta el pecho. Más de 600 prisiones en este país se hallan en zonas de alto riesgo de inundación.
En Francia, se eligió un terreno cerca de la localidad de Saran para construir una nueva prisión, en una zona inundable. Sin mayor sorpresa, dos años después de su inauguración, las fuertes lluvias que azotaron la región causaron estragos en el establecimiento.
En Estados Unidos, la actividad penitenciaria se ha usado para llenar el vacío que dejaron las industrias del “cinturón del óxido”, región industrial del noreste del país. La prisión de Fayette, en Pensilvania, se construyó sobre un antiguo terreno de explotación minera. Más de 40 millones de toneladas de desechos de carbón cubren todo el valle. Muchos casos de insuficiencia respiratoria, dolores de garganta y de los senos nasales, cánceres, enfermedades de la piel y problemas de tiroides se han registrado entre los reclusos.
Arrasadores incendios asolan de manera recurrente el Oeste de los Estados Unidos. En California, se ha constatado que 90 prisiones presentan alto riesgo de incendio y, sin embargo, muchas de ellas no disponen de un plan de evacuación. El estado recurre a los reclusos para combatir los incendios en toda la región. Esta población representa el 30 % del cuerpo de bomberos y gana entre dos y cinco dólares diarios.