La prisión envejece el cuerpo de manera acelerada. El sedentarismo, la falta de atención sanitaria, la mala alimentación y una salud deteriorada antes de la encarcelación son algunos de los factores que favorecen este fenómeno. Se considera que las personas privadas de libertad son de edad avanzada a partir de los 50 años.
La proporción de personas de edad avanzada en prisión es la que más aumenta.
Los sistemas penitenciarios no cuentan con la capacidad de tratar todos los problemas de salud que afectan a las personas de edad: diabetes, demencia senil, falta de autonomía, incontinencia, pérdida de la dentadura, del oído, de la vista, etc. La prisión es un entorno hostil para las personas a las que les cuesta desplazarse, necesitan atención, escuchan mal o no pueden vestirse o bañarse solas. Los reclusos de edad avanzada son vulnerables y su debilidad los expone al abuso y la violencia.
La población carcelaria europea envejece.
Los reclusos mayores representan el 7 % de la población carcelaria en Rusia, y el 30 % en Bulgaria. En Francia, la prisión de Bédenac cuenta con un módulo reservado para las personas de edad avanzada dependientes. Todos los que se alojan allí padecen una o varias patologías graves.
Los guardias de prisiones afirman que han pasado a desempeñar funciones de cuidadores, para lo que no han recibido ninguna formación. La suspensión de la pena por motivo de vejez o enfermedad casi nunca se otorga, y no es inusual que las personas que la solicitan mueran en espera de la respuesta.
En Estados Unidos, los sistemas penitenciarios se enfrentan a un “tsunami plateado”. Los jóvenes encarcelados durante el giro represivo de los años 80 tienen ahora más de 70 años. Se estima que, en 2030, los reclusos de edad avanzada representarán el 30 % de la población carcelaria del país.
En Japón, las personas de edad cometen delitos menores para que las envíen a prisión. La proporción de arrestos que involucran a adultos mayores representa el 20 %. Estas personas afirman preferir la prisión a la soledad o a una vida por debajo del umbral de la pobreza. En el país, uno de cada cinco reclusos tiene más de 65 años.
Los reclusos que sufren de demencia han incluso olvidado los motivos de su encarcelación. Encontrar su lugar en la sociedad después de tantos años de prisión no es nada fácil. Las personas de edad regresan a un mundo en el que se sienten desorientadas, pues muchas no conocen ni los ordenadores, ni los teléfonos móviles, ni el internet. En Europa, algunas sostienen por primera vez en su vida un billete de euro, una moneda que no existía a su ingreso en prisión.