
Muertes silenciadas: investigación sobre los suicidios en las prisiones europeas
Sufrimiento, falta de atención y aislamiento
Fuente: StreetPress
< imagen ©Léa Guiraud - Kiblind.
El 29 de noviembre de 2024, la vida de Valérie dio un triste giro cuando el cuerpo de su hijo Morgan, de 24 años, fue hallado en su celda de la prisión de Fresnes (Francia). Con la mirada perdida y vestida de negro, Valérie habla de Morgan como un “chico dulce que pasaba sus tardes jugando al fútbol, hasta que el suicidio de su hermano mayor en 2019 lo llevó a encerrarse en su habitación”. Durante los nueve meses que Morgan pasó en prisión preventiva, a la espera de juicio, su madre veía cómo la salud de su hijo se degradaba día tras día: “No salía de su celda, estaba muy delgado y siempre aturdido por los somníferos.
Morgan intentó suicidarse en dos ocasiones, en marzo y en abril de 2024, antes de que lo trasladaran a un módulo especialmente adaptado de la prisión de Fresnes ─un espacio aislado reservado para las personas que requieren atención particular─. El 30 de octubre de 2024, día de su liberación, hubo un tercer intento de suicidio: “Morgan ingirió una plaqueta de paracetamol”. Lo reubicaron entonces en un área ordinaria de la prisión, con un “interno de apoyo”, pero él pidió que lo alojaran en una celda individual, sin que su madre supiera por qué. “El teléfono no funcionaba y el hecho de no poder comunicarse conmigo hizo que pasara al acto”, afirma Valérie, quien añade: “Los guardias sabían que mi hijo no estaba bien y no hicieron nada”. La madre de Morgan ha interpuesto una demanda contra X por “homicidio involuntario” y “no asistencia a persona en peligro”. “Me niego a hacer el duelo, tengo demasiada rabia”.
En la prisión de régimen semiabierto de Jilava, al sur de Bucarest, en Rumania, Andrei, de 42 años, quien ha pasado la mitad de su vida en distintas prisiones del país, tuvo que descolgar el cuerpo de su amigo, atado a un tubo con un cinturón alrededor del cuello: “Los guardias no estaban ahí”. En Hungría, una persona se suicidó hace poco en el Instituto Médico-Forense de Observación de Budapest, el lugar al que envían a quienes experimentan una fuerte crisis emocional. A pesar de que las cámaras grababan todo el tiempo, “el guardia no se dio cuenta de nada”, afirma Gabor Gyozo, abogado del Comité Helsinki Húngaro.
Según la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, todas las muertes en prisión se consideran sospechosas y deben ser objeto de una investigación judicial independiente, incluso los suicidios. Algunos familiares de personas que se han quitado la vida en prisión denuncian las fallas que condujeron a sus muertes mientras se encontraban bajo la responsabilidad del Estado.
StreetPress y Prison Insider investigaron sobre los suicidios en las prisiones de Francia, Rumania y Hungría, donde la tasa de mortalidad es particularmente elevada. Cabe destacar que no existen cifras oficiales fiables y que los ministerios con los que intentamos contactar no desearon responder a nuestras solicitudes. Este mutismo pone en evidencia el alcance de la ley del silencio que rodea a las muertes en prisión.
Investigación sobre las muertes en las prisiones europeas
Esta investigación consta de dos partes: la primera explora los suicidios en prisión, vinculados a la falta de atención psicológica y a las condiciones de reclusión; la segunda, se centra en las muertes sospechosas, que ponen de manifiesto la violencia institucional de las prisiones de Francia, Rumania y Hungría.
El presente artículo lo ha producido StreetPress, con la colaboración de Prison Insider, en el marco del proyecto La verdad sin velos, financiado por el European Media and Information Fund.



