En Una prisión en la ciudad, las miradas se cruzan entre el interior y el exterior, desde las pocas ventanas de la prisión que dan a la ciudad y las de los edificios enfrente. Supone una suerte de apertura, una brecha en el muro que permite a unos “contemplar” a los otros, en sentido estricto: devolverles un cuerpo y un rostro y darles voz en el espacio público. En la ciudad, las personas reclusas conservan relaciones tenues con el exterior.
En Ruan, la primera vez que entré en prisión (con motivo de un proyecto fotográfico) una de las reclusas me contó que desde el patio de la prisión la Bonne Nouvelle veía la ventana de la habitación en la que vivía cuando estaba en libertad.
Mirar hacia fuera es para muchos un elemento de la vida cotidiana. Como si de centinelas se tratasen, cada uno tiene su lugar favorito con la vista o la postura más o menos cómoda. La escasez de vistas sacraliza lo que hay en esa porción de paisaje disponible, la única conexión directa y física con el mundo.
La proximidad a la ciudad influye de manera significativa en el tamaño de los establecimientos. A pesar de las estrechas y a veces ruinosas instalaciones, los antiguos establecimientos prestan un servicio humano muy diferente al de las grandes prisiones, como lo confirma este extracto del informe de la visita de la Inspectora General de los lugares de privación de libertad (CGLPL) a la prisión de Cherburgo en 2021: “En cuanto al personal, una organización flexible del trabajo permite a cada guardia desempeñar todos los puestos, con lo que hay un gran conocimiento de los reclusos y un alto grado de individualización de la atención”.
La antigüedad de las paredes crea resquicios y grietas que favorecen el mal uso de los espacios. Los pasillos abiertos permiten tanto al personal como a los reclusos formar parte de la actividad del centro penitenciario, y fomentan la interacción diaria entre los reclusos. La incomodidad y las condiciones de insalubridad de los edificios antiguos se compensan con la relativa flexibilidad de la vida cotidiana, a la que los reclusos otorgan una gran importancia.
Tener la ciudad a la vista proporciona a los ocupantes de la prisión escasos pero valiosos puntos de referencia: pistas visuales, sonoras y olfativas. Como migajas de la vida exterior, la sociedad momentáneamente inaccesible permanece presente. Con el cierre de estas antiguas prisiones, desaparece un frágil anclaje a la realidad para las personas reclusas.
— Catherine Rechard.