Las fugas son pocas con respecto a la cantidad de reclusos, y solo algunas se logran llevar a cabo tras un minucioso plan. Los fugitivos cuentan con la complicidad de personas del exterior o de miembros del personal, o a veces solo con un golpe de suerte o una falta de vigilancia.
En Haití, muchas de las reclusas de la prisión de Cabaret se escaparon con la ayuda de un grupo armado. Los pandilleros abrieron fuego contra los oficiales de Policía de la zona que trataban de responder al incidente. En la prisión de Ciudad de Juárez, en México, individuos armados irrumpieron en las instalaciones para facilitar la fuga de unos veinte reclusos. El suceso dejó un saldo de 14 muertos, entre ellos, diez guardias. En la República Democrática del Congo, se registran fugas masivas con frecuencia. Durante una de ellas, se escaparon casi todos los reclusos de la prisión de Kinshasa, es decir, 8200 personas.
Un recluso de la prisión de Nivelles, en Bélgica, huyó escondido entre las basuras durante la recogida de los desechos. En Rusia, un hombre se contorsionó hasta salir por la trampilla de la puerta de su celda. En Bolivia, un interno se disfrazó de oveja para pasar desapercibido y evadir la seguridad. En Francia, un recluso suplantó a otro que iba a ser liberado, y salió como si nada después de pasar por todos los controles administrativos.
El periplo del prófugo no suele ser demasiado largo, pues se necesita dinero y apoyo para vivir en la sombra. Y las sanciones a las que se expone tras su captura son a menudo muy severas, salvo en algunos países. Bélgica y Suiza, por ejemplo, reconocen el derecho de los reclusos a desear su libertad y no sancionan las fugas simples y sin violencia.
Las privaciones de todo tipo a las que se somete a los reclusos hacen su vida insoportable. Algunas personas incluso ven el suicidio como el único espacio de libertad que les queda.
La administración penitenciaria tiene la obligación de mantener en vida a las personas hasta el final de su pena, por lo que algunas recurren a medidas estrictas. En Noruega, se aísla y supervisa de manera continua a aquellos que presentan un riesgo de suicidio. En Francia, se priva de sábanas a los reclusos frágiles y se les distribuyen pijamas de papel para que no dispongan de ningún material resistente con el que se puedan ahorcar.
Las evasiones ponen en jaque a las autoridades penitenciarias. Y con cada intento de fuga que se registra, se refuerzan los dispositivos de seguridad: barreras, cercas electrónicas, detectores de choque o de movimiento, sistemas de observación aéreos, etc.
Los cuerpos privados de libertad se observan, se registran, se escanean. Los métodos de control se perfeccionan, las actividades se reducen, la vigilancia se intensifica y la desconfianza crece. En estas condiciones el aislamiento y la alienación cobran fuerza.
Ciertas actividades de la vida cotidiana procuran a los reclusos un sentimiento momentáneo de libertad: cocinar, hacer el amor, correr, jugar, bailar, embriagarse o leer. Por casualidad, se trata de las mismas cosas que la administración penitenciaria se esfuerza por limitar o reprimir.