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Hend Alkahwaji, Siria

Hend, refugiada política en Francia desde finales de 2013, pasó ocho años en el infierno de las prisiones sirias, en los confines de la inhumanidad. Liberada en 1991, nos confía las torturas, las humillaciones, y la negación de la condición humana a las que fue sometida.El horror que describe es, sin embargo, más abominable hoy en día.

« Nací en 1956 en las afueras de Damasco, donde realicé mis estudios de ingeniera agrónoma. Por la época de 1980 milité en la Liga de acción comunista. En julio de 1982, me detuvieron en la calle y me llevaron a la división de investigación militar de Damasco, en razón de mis actividades políticas.

Me pusieron en una celda subterránea, sin ventanas y con tan solo una bombilla en el techo. Me mantuvieron un año entero encerrada en este calabozo, sin luz natural, sin una cama, sin un libro, sin una radio…sin nada. Cada día me llevaban un poco de comida, pero solo podía salir para los interrogatorios violentos que tenían lugar, día y noche, en una sala contigua. Las autoridades me pedían que les diera los nombres de todos los militantes de mi partido político. Para ello, recurrían a todas las torturas posibles. Amordazada y con los ojos vendados, me ponían descargas eléctricas en los dedos, las orejas y los pies, hasta que sangraran. Después, me obligaban a caminar sobre agua helada y salada; el dolor era insoportable.

Mis verdugos me bloqueaban en un neumático de coche y me rociaban con agua helada, luego me obligaban a permanecer con mis prendas mojadas y frías. Yo temblaba, pero no podía cambiarme, ya que durante un año estuve con la misma ropa. Me golpeaban, me humillaban, me trataban como a un perro.

Mis familiares y amigos ignoraban mi paradero, pues nadie les informó sobre mi arresto. No tuve juicio, ni abogado, ni contacto alguno con el mundo exterior. Durante todo ese año, me robaron mi existencia. En ocasiones, cantaba en mi celda para romper el silencio y evitar enloquecer. Pero hasta eso me prohibían. Mis carceleros me decían que me callara Sus malos tratos, físicos y psicológicos, eran sádicos: me obligaban a asistir a sesiones de tortura de otros reclusos y a escuchar sus gemidos. Todo era una humillación permanente. Veinte días antes de ser liberada, inicié una huelga de hambre para pedir que me trasladaran a una prisión de mujeres, con condiciones de reclusión menos deplorables. Finalmente recuperé mi libertad en marzo de 1983.

Retomé mi trabajo de ingeniera y, discretamente, mis actividades de activismo político, pero un año después de mi excarcelación, el 19 de marzo de 1984, los servicios de seguridad vinieron a mi domicilio para llevarme de nuevo a aquel calabozo. Con la misma violencia, me golpearon, torturaron y ultrajaron durante tres meses. Mis condiciones de reclusión eran aún más severas que la primera vez.

En mayo de 1984, me trasladaron a la prisión femenina de Qatana. Allí, nos ponían en celdas colectivas de hasta 12 y 15 mujeres. Las celdas, que daban al patio, permanecían abiertas todo el día. Teníamos derecho a cocinar y a recibir visitas.

Sin embargo, como presa política, la única de la prisión, me encontraba bajo la custodia de las autoridades militares, por lo que mis visitas se limitaban a una cada tres meses.

En 1987, me trasladaron de nuevo a la prisión de Duma, en zona rural, junto con otras presas políticas que habían tenido una trayectoria similar a la mía. Estábamos agrupadas en dormitorios de cerca de treinta plazas. Dormíamos en un jergón en el suelo y no había agua caliente, pero la vida era menos dura. Podíamos leer, escribir, tejer, pintar, educarnos. Aprendí francés en la prisión, sola. Durante las escasas visitas autorizadas, mis familiares me llevaban ropa, comida, libros, lo que me permitía hacer un poco más soportable mi vida cotidiana.

El 26 de noviembre de 1991, después de siete años y medio de reclusión, fui liberada gracias a un indulto presidencial concedido a todos los presos políticos. Durante todos esos años, no me informaron nada, nunca fui juzgada, no tuve derecho a ser asistida por un abogado; estuve en ‘proceso de investigación’ durante casi ocho años».

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