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Francia: la intimidad entre cuatro paredes

— Publicado el 1 agosto 2018.

Las semanas pasan una tras otra, las visitas también; un pequeño vínculo entre el interior y el exterior, un ligero respiro, y unos encuentros breves, frustrantes y sin intimidad, que ponen a prueba las relaciones sentimentales y familiares. En Francia, algunos establecimientos penitenciarios disponen de espacios para las visitas íntimas y familiares (unités de vie familiale, UVF) 1. Se trata de pequeños apartamentos amueblados, de dos o tres habitaciones, en los que los reclusos pueden recibir las visitas de sus familiares y allegados, en toda intimidad, alejados de los espacios de detención.

El compañero sentimental de Céline fue condenado a diez años. Después de seis años de encarcelamiento, hizo la primera solicitud para acceder a un UVF. Tras varios meses de espera, la dirección del establecimiento le concedió nueve horas de visita en uno de estos espacios. Céline nos cuenta su experiencia.


  1. para obtener más información sobre los espacios para las visitas íntimas y familiares (UVF), consulte el sitio web del OIP- sección francesa (en francés)

Sin permiso de salida, es la única manera que nos queda para pasar un momento juntos.

¡LISTO! Tú enviaste la solicitud al responsable de los UVF, yo di mi consentimiento para que podamos tener estas visitas. Sin permiso de salida, es la única manera que nos queda para pasar un momento juntos.

La primera visita en un UVF duró nueve horas. Esa mañana, salí con mi maleta, en la que puse unas sábanas de satín negras ─como te lo había prometido─, así como todo lo que estaba anotado en la lista de objetos autorizados que recibí por correo. Llevé además un paquete de cigarrillos cerrado. Aunque no fumes, tal vez podría servirte para canjearlo, nunca se sabe.

El guardia vino a buscarme en la recepción de las familias y me hizo vaciar mi maleta en una silla. Finalmente, las sábanas se quedaron en un casillero esperando el final de la visita. Al menos, pude entrar un frasco de gel de ducha, en el que puse aceite para hacerte un masaje. Al fin de cuentas, no íbamos a pasar esas nueve horas viendo televisión.

Se escuchaba todo lo que pasaba al exterior: las puertas que se cerraban, las alarmas, las llaves que giraban en la cerradura de las puertas…

Ese olor de la prisión que me sigue a todas partes

Entré por la misma puerta por la que entro para las visitas normales, pero en esa ocasión, giré a la derecha para usar las escaleras.
Muchas puertas sonaron antes de llegar a la puerta de la UVF. El guardia me abrió.

Entré en un pequeño jardín, un poco triste porque ni siquiera tenía césped y estaba lleno de colillas de cigarrillo. En vez del cielo, lo único que pude ver más allá de las rejas, fue más rejas.

Seguí al guardia, que me hizo un tour por las habitaciones. El apartamento era pequeño pero puesto a disposición de manera gratuita… Bueno, de manera gratuita, a condición de que en tu cuenta de la prisión tengas al menos 30 euros. Eso es lo que cuestan esas nueve horas, ya que estás obligado a comprar en el economato bebidas y comida para los dos. Primero, había una pequeña sala, con barrotes en las ventanas, en la que se encontraba un viejo sofá-cama frente a un televisor colocado sobre un mueble. A la derecha, había una cocina, medio destartalada, ─pero, bueno, sabía que no estaba en un hotel─. El guardia me hizo un inventario del lugar; contó meticulosamente cada cuchara, como si yo quisiera aprovisionar mi casa con el material de la prisión. Enseguida, había un pequeño corredor que daba al baño. El baño era grande, pero se veía sucio. Además, desprendía ese olor de la prisión que me sigue a todas partes, el mismo de la sala de visitas. Desde la sala, fui a la habitación; en el suelo había un cesto con las sábanas y las toallas. Miré la cama doble que estaba en medio, el colchón era más pequeño que la estructura de la cama, lo que no lucía muy bien. Al fondo, había un cuarto de baño con una cabina de ducha. Se escuchaba todo lo que pasaba al exterior: las puertas que se cerraban, las alarmas, las llaves que giraban en la cerradura de las puertas…

La justicia que te ha condenado a ti, me ha condenado a mí a esperar tu liberación para volver a ser una mujer.

El tiempo pasó muy de prisa

El guardia salió y yo comencé a preparar la cama para que se viera un poco mejor. Preferí no observar las sábanas más de la cuenta, ya que aún tenían las marcas de los antiguos ocupantes. Por fin, llegaste tú. Teníamos nueve horas por delante para pasarlas juntos; un poco menos de un día, en el que tendríamos que hacer todo lo posible para olvidar el lugar en el que nos encontrábamos. Miramos la tele un rato, me calentaste una pizza, y nos tomamos por fin ese café que hemos deseado tomarnos desde hace seis años.

El tiempo pasó muy de prisa; no estamos programados para disfrutar de todo lo que se nos prohíbe constantemente.

Una hora antes de que se terminara la visita, pensamos que tal vez podríamos aprovechar el tiempo para abrazarnos en la cama. Fue tan agradable, pero tan breve y frustrante.
Nos recordó que, a pesar de ser una pareja, no tenemos derecho a estar juntos en la intimidad. La justicia que te ha condenado a ti, me ha condenado a mí a esperar tu liberación para volver a ser una mujer. Por el momento, soy tan solo la mujer de un recluso. Por eso, los guardias llaman a los espacios para la visita íntima y familiar “los picaderos”. Durante los próximos tres meses no tendremos derecho de hacer el amor.
La visita se terminó, los guardias vinieron por ti. Lo sabíamos antes de entrar, pero en ese momento fue difícil. Vivimos un momento de “libertad” pero no fue más que un espejismo. Cuando te fuiste, tuve que quedarme haciendo la limpieza y organizando. Ni siquiera te dejaron llevar el resto del café, aunque lo hayamos comprado en el economato. Gastaste tu dinero en esas cosas, y luego yo tuve que llevarme comida que no necesitaba.
El mes entrante te enviaré dinero para financiar la siguiente visita en el UVF, que tendrá lugar en tres meses. La próxima vez, podremos pasar toda la noche juntos, ya que nos han concedido veinticuatro horas.


Céline H., para Prison Insider
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