Mohamedou Ould Slahi. La mayoría de mis compañeros reclusos eran originarios de Yemen o de Arabia Saudita, países gobernados por regímenes autoritarios. Yo había tenido la oportunidad de estudiar en Europa y me consideraba una persona culta y conocedora de los derechos humanos. Cuando hablaron de tortura, les dije: “No se preocupen, aquí en Estados Unidos no torturan”. Por desgracia, más tarde comprendería cuán equivocado estaba. Recuerdo tanto aquella primera noche de interrogatorio con un agente del FBI. Lo primero que me dijo fue: “7-6-0”. Ese fue el número que me asignaron. A partir de ese momento perdí mi nombre. Dejé de ser una persona para convertirme en una cifra.
Sylvain Savolainen. Los centros clandestinos de la CIA no son prisiones ni centros de detención, son lugares al margen del derecho, construidos específicamente para eludir la ley. En realidad, son centros de tortura. Yo represento al señor Abd al-Rahim al-Nashiri quien aún se encuentra recluido en Guantánamo, de manera completamente ilegal. Lleva veintitrés años retenido, sin juicio. Durante cuatro de esos años, fue trasladado de un centro de tortura a otro en distintos países del mundo. Una médica experta en tortura, enviada por el propio Gobierno de Estados Unidos, constató las profundas secuelas del maltrato al que se le ha sometido y afirmó nunca haber visto a un hombre tan profundamente afectado por la tortura.
La tortura en Guantánamo no es algo improvisado: existen manuales de tortura redactados por la administración estadounidense, con la ayuda de psicólogos encargados de concebir las técnicas y medir su eficacia.
Mohamedou Ould Slahi. Comencé a escribir para lograr sobrevivir. No soy escritor, soy ingeniero informático, el tipo que programa la aburrida música de espera de los servicios al cliente. Pero en Guantánamo, escribir fue una forma de liberar el dolor. No tenia ni papel ni bolígrafo, así que comencé a escribir sobre mi propio cuerpo. Luego, pedí unas hojas a mi vecino de celda y escribía como podía: un capítulo en árabe, el siguiente en alemán, otro en francés; a veces algunas frases en inglés, aunque todavía no dominaba el idioma. Al cabo de algunos meses, los guardias encontraron mis escritos y me los quitaron todos. Para mí fue como perder un hijo. Me pusieron en régimen de aislamiento por setenta días. No podía dormir, era una tortura continua. Solo tres años después, cuando me reuní por primera vez con mi abogada Nancy Hollander pude volver a escribir. Gracias a ella, me autorizaron a enviar cartas y a raíz de ellas nació Diario de Guantánamo. Si sobreviví Guantánamo fue gracias a esas cartas y a esas personas, Nancy, Sylvain, los militantes, los abogados, los amigos.