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Nepal : bajo el techno del mundo, prisiones sin guardias (I)

— Publicado el 26 octubre 2017.

Renaud Meyssonnier inicia en 2015 un viaje desde Francia hacia Asia. Varios meses más tarde fue detenido por utilización de moneda falsa en la frontera entre la India y Nepal, y posteriormente condenado a un año de cárcel. Renaud llega a la pequeña prisión de Bhairahawa, al sur de Nepal, donde permanece un mes antes de su traslado a Katmandú. Relato.

Yo tengo que compartir un colchón de plaza y media con un tipo de pelo largo y enrizado y con un adolescente. Nos colocamos pies contra cabeza, a un lado. Dormimos tres por colchón.

Tengo que descalzarme antes de entrar. En el interior, atravieso un primer dormitorio común; y a la entrada del segundo, otro individuo me espera, sonriendo. Detrás de él, veo hombres sentados con las piernas cruzadas sobre colchones en el suelo. Me invita a sentarme al lado de un tullido. Los reclusos están en fila, con una separación entre cada uno de unos cincuenta centímetros. En silencio, me miran con respeto y curiosidad. Yo hago lo mismo. El dormitorio no es una célula: es una larga habitación rectangular de unos diez metros por tres. Es menos incómodo que en detención preventiva: hay dos ventiladores en el techo, un televisor...
Está bien iluminada; más bien, alegre y colorida. Después de varios minutos, el tipo que está de pie articula unas palabras y otro rompe súbitamente el mutismo existente para gritar :

« ¡Eeeek! »
El de su derecha: « ¡Duuueee! »
El de al lado: « ¡Tiiin! »
Es entonces cuando comprendo que la treintena de reclusos se están autoenumerando. Al finalizar, el que está de pie toma la palabra por varios minutos. Luego, los detenidos se animan de repente, se levantan ruidosamente e interactúan entre ellos. El que desde un principio estaba de pie, me hace señas para que me acerque a él y me dice:
« Los otros no tienen derecho a hablarte. No les contestes, ni en el caso de que te dirijan la palabra, ¿ok? ».

A las 22h, tendemos las mosquiteras por encima de los colchones. Yo tengo que compartir un colchón de plaza y media con un tipo de pelo largo y enrizado y con un adolescente. Nos colocamos pies contra cabeza, a un lado. Dormimos tres por colchón.

La costumbre parece ser la de gritar su número lo más fuerte posible, como un venado. A veces, se puede oír los sonidos de los dormitorios del patio vecino pasar por encima de las altas paredes.

"Somos reclusos-vigilantes"

A las 6h, hay que salir. Birendra dirige el dormitorio n°4. No le quito el ojo; y a los otros sigo sin poderles dirigirles la palabra. No hay uniformes a la vista, ni guardianes, ni policías.
De repente, me acuerdo de los consejos dispensados en detención preventiva: acercarse a los detenidos encargados de la biblioteca. Precisamente, Birendra me acompaña.Allí, los nuevos tienen que pasar una entrevista. Me piden encerrarme en una habitación minúscula sin ventanas, donde hay otros cinco individuos.

Llego a reconocer algunos rostros de mi comité de bienvenida de ayer tarde. Mi principal interlocutor es aquel que me llevó a la ducha. Se presenta :

"Soy Padam daï. Daï quiere decir "hermano mayor". Somos reclusos-vigilantes. Hay unos quince en esta prisión encargados de mantener el orden y asegurar su buen funcionamiento."
"Pero, ¿no hay guardianes?"
"Aparte de nosotros, no."

Me quedo boquiabierto. En 2009, el personal penitenciario de Nepal contaba con 621 trabajadores: de ellos, 600 trabajaba en la administración y 21, en el área médica. Pero ningún guardián. En su lugar, reclusos-vigilantes o prebostes. Este sistema se remonta a principios del siglo XXI, cuando empezaron a surgir las cárceles. Padam me explica rápidamente las reglas :

El gobierno indemniza a cada detenido con un máximo de 45 rupias más 700 gramos de arroz cocido por día. Nosotros, los daï, deducimos 30 rupias diarias para comprar material y pagar a los que trabajan: cocineros, lavaplatos, etc. Quedan entonces 15 rupias diarias, esto es, 450 rupias mensuales por persona".

Después comprendería que constituye un pobre ingreso. Algunos detenidos son ayudados económicamente por sus familias que les aportan dinero en los locutorios. Para los demás, la situación es más complicada.

Mientras Birendra inspecciona el sobre con la carta de mis padres, él saca de nuevo la foto de familia y, bajo su mirada, no puedo evitar hundirme en un mar de lágrimas. Me consuela... a su manera:
"Anímate. Yo, hace cuatro años que estoy aquí y todavía me faltan otros tres. Hay gente aquí que ha recibido 10, 14 años...". Ahora relativizo mi desgracia pero tomo conciencia también de que ya no me muevo en el entorno de simples delincuentes sino que también hay aquí verdaderos criminales.

Se mezclan ladronzuelos y malhechores experimentados, fumadores de hachís y asesinos. No nos separan. No importa el delito cometido, nos han metido en el mismo saco.

Apoyado en la pared, ahora la cárcel me parece más pequeña que ayer: de hecho, se trata de una gran losa de unos 30 metros por 15, es decir, 450m², algo mayor que una piscina municipal. En este patio, hay un solo bloque central con dos dormitorios en la planta baja y dos, en la primera.

A las 18h, mientras los reclusos dan un paseo, un grito se repite y se amplifica repentinamente: "¡kōṭhā kōṭhā! ¡kōṭhā kōṭhā!". En el exterior, los polis han hecho correr la voz de mantener el orden a los reclusos-vigilantes, encargados en el pórtico, quienes transmiten el mensaje al interior. Siddartha, que anda a mi lado, me explica que kōṭhā significa «habitación» en nepalés y que cada uno debe volver a su estancia. En un minuto, los pasillos y los dos patios alrededor del bloque están vacíos. Siddartha sube al n°2, yo me encuentro en el n°4, así que nos separamos. Nos abrazamos y nos deseamos una buena noche. Ya dentro, Birendra me pregunta :
"¿Sabes decir uno en nepalés?"

"Sí. Ek."
"Pues bien, esta noche serás tú quien lance el number, a mi señal". Bed sale. Varios segundos después, vuelve a entrar.
"¿André?". Grita :
"¡Eeeek !".

Como ayer, el número dos continuó y así en cadena. La costumbre parece ser la de gritar su número lo más fuerte posible, como un venado. A veces, se puede oír los sonidos de los dormitorios del patio vecino pasar por encima de las altas paredes. Fue así como conocí mis compañeros de dormitorio cuando llegué aquí. Algo así como si un nuevo jugador de los All Blacks hubiera llegado y sus compañeros le dieran la bienvenida con un haka. Cuando hemos acabado, un policía de paisano nos encierra hasta la mañana siguiente, 6h. Es una cárcel semiabierta: doce horas en las zonas comunes, doces horas en el dormitorio colectivo.

Es lo que llamamos la P-Gate, la antesala de la prisión. Somos 120 detenidos en este patio, pero está concebida para albergar 40

La cárcel nunca duerme

Cuando salimos de la estancia, hay quienes se lavan los dientes, quienes esperan en fila para tomarse una ducha o para ir al wc y hay quienes giran alrededor del bloque central, como los peregrinos en la Meca. Me sorprendo haciendo esto último, cuando el día anterior me había asombrado este paseo circular.

El tiempo pasa rápido en prisión. Desde la salida, la marcha está dirigida por los daï. Siempre contraria al sol, contraria al sentido de las agujas de un reloj, circulación normal aquí. Es una demostración de orden social. A la cabeza, el número 1 de los reclusos, el chowkidar. Podríamos traducirlo como "dirigente" o " guardián". Se llama Bim daï y siempre va impoluto, a pesar de su cara de gangster. En posición destacada, figuran siempre el número 2 y Padam daï, número 3 que me acogió ayer, quienes dictan un ritmo infernal que va en aumento. Detrás de ellos, los prebostes del dormitorio n°3, luego un pelotón de una treintena de reclusos que aumentan a medida que los minutos se pulverizan. A las 6h30, la marcha se para, los perseguidores pueden retirarse.

Durante la mañana, el chowkidar charla con sus subalternos. Luego sale del patio todos los días a las 10h, después de comer. Durante toda la jornada, trabaja en los edificios administrativos en el exterior. Solo regresa por el ritual del number de las 18h. Bim es el único en beneficiarse de una cama individual en el dormitorio 3 cuando los otros duermen en el suelo y apretados los unos contra los otros. Se encuentra de alguna manera en libertad condicional; pero sobre todo, asegura el relevo entre el director y los detenidos.

El director contrata a un preboste de entre los reclusos: un chowkidar que representará los otros ante él y que se encarga de nombrar los daï internamente. Así se gestiona una cárcel sin romperse mucho la cabeza, ni invertir mucho dinero.

Entre 21h30 y 22h, las mosquiteras ya están colgadas antes de irnos a dormir. La luz está encendida toda la noche, por si acaso alguien quiere ir al wc y por la vigilancia. Pues fuera, los prebostes del dormitorio 3 están en pie de guerra: se relevan cada dos horas para hacer una ronda alrededor del bloque central hasta el amanecer. Es su duty 1, su ronda de obligación, la cárcel nunca duerme. Cuando están solos, a cada ronda hecha, tienen que gritar para probar a los otros que no han tomado el expreso de medianoche.

"Las reglas son muy estrictas. Los policías entran solo en el momento de los numbers dos veces al día. Si no, se quedan en las torres de vigilancia. Pero aquí, hay gente que ha matado a diez ¡o hasta quince personas!" "¿Qué? ¿Hay asesinos en serie?" "Sí... es por eso que nosotros, los daï, tenemos que hacer también el trabajo de los policías, si no, esto sería la anarquía. Los fuertes no dejarían nada de comer a los más débiles..."

En esta cárcel autocontrolada, los detenidos se autovigilan, dándole al ambiente un tinte paranoico a veces, por no llamarlo esquizofrénico. Me enseñarán enseguida que si transgredía las reglas, podía ser llevado a la biblioteca y recibir una paliza de los daï. Mucho más tarde, sabría algo que ni Padam, ni nadie sabe. En 2009, aquí mismo hubo un motín. Durante dos días, los prebostes solo autorizaban a los policías y a los nuevos a entrar. Al final, los agentes de policía lograron retomar el control entrando por la fuerza y dejando a su paso una veintena de heridos, cuatro de ellos muy graves. El autocontrol tiene pues sus límites y puede degenerar. Esta historia ha quedado en el olvido porque el detenido que más tiempo lleva aquí, no estaba aún cuando sucedieron los hechos. Fue la generación precedente. Pregunto al daï:

"Cuando llegué, vi una reja y una celda justo al lado de la entrada, ¿de qué se trata?"
"Ah, es lo que llamamos la P-Gate, la antesala de la prisión. Somos 120 detenidos en este patio, pero está concebida para albergar 40; por lo tanto, está superpoblada en más del 200%. Hay dos patios en el centro penitenciario de Rupandehi y no están comunicados entre ellos. El primer portal que debes haber visto es el del patio 1, que es dos veces mayor que el nuestro, pero con el doble de detenidos, así que la tasa de superpoblación es la misma.Hay 4m² por cada detenido de media... . No hay espacio para todo el mundo, así que por la noche, los últimos que llegan van al P-Gate. Cada noche, hay una treintena de personas y una decena con otro tipo de duties [turnos realizados entre detenidos que se quedan de pie para que otros así puedan dormir... nota al pie]. Las condiciones son peores en detención preventiva. Cuando una cama se libera al interior, aquel que llegó el primero se la queda y ya no duerme más en la P-Gate. Pero puede que para eso pasen semanas..."


  1. turnos realizados entre detenidos que se quedan de pie para que otros así puedan dormir... nota al pie  

Me parece ridícula la bonificación comparada con la humillante explotación aceptada por los prebostes, tratados como títeres.

Hay que subir escalones

Más tarde, Padam y su delgada silueta vienen a hablar conmigo. Le cuento mi primera experiencia en detención preventiva, lo que mi primer intérprete me había respondido cuando me había quejado de los mosquitos en la oficina del inspector: "Así es la vida".
Padam se incendia con los ojos de un justiciero enfurecido :

"Tío, eso no es la vida. Sabes, los que trabajan aquí como vigilantes no reciben un salario, pero tienen una rebaja de condena. Un mes y medio por año para los daï del dormitorio 3, uno para los jefes del dormitorio. ¿Y yo?, ¡yo no tengo ninguna! ¿Por qué? Porque los condenados por droga de menos de 40 años no son elegibles para una rebaja de condena. Y aquí casi todos somos de ese perfil." "¿Por qué no colaboras entonces?"
"Yo no colaboro, soy hermano mayor. No sabes lo que es. Hace tres años que doy vueltas en este patio. ¿Qué quieres que haga? Lo hago por ocuparme, por pasar el tiempo. Y además tengo poder, me respetan."
"¿Yo también podría trabajar para salir de aquí antes?"

Es solo por saber, realmente no me interesa. Me parece ridícula la bonificación comparada con la humillante explotación aceptada por los prebostes, tratados como títeres.

"Yo no lo sé, quizás. Pero tú sabes que hay muchos que quieren ser daï. Los puestos son caros y tú sólo tienes un año. Dan prioridad a aquellos con largas condenas. Hay una jerarquía interna, hay que subir escalones... . Por lo general, hay un periodo de prueba de al menos dos años. Hay que mostrar carisma, responsabilidad, ganarse la confianza de los otros. Pero tú, tú eres un caso especial... no sé... ya veremos".

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