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Nepal: la prisión de Katmandú, “un gueto mugriento y caótico” (II)

— Publicado el 31 octubre 2017.

En 2015, Renaud Meyssonnier emprende un viaje desde Francia hacia Asia. Unos meses más tarde es detenido por uso de moneda falsa en la frontera entre India y Nepal, y luego, condenado a un año de prisión. Pasa un mes en la pequeña prisión de Bhairahawa, en Nepal y luego es trasladado a Katmandú. Relato.

No estoy tan aterrorizado como debería, entrar a la prisión se va volviendo una costumbre para mí.

Me hacen caminar a lo ancho de la "tierra de nadie", frente a lo que parece ser la puerta. Allí me sacan las esposas, descuelgan un cordón de seguridad y se abre la reja de entrada.

Entro en el vestíbulo de la cárcel central de Katmandú, de aproximadamente 15m2. Una pila de reclusos-vigilantes se arremolina allí.

No estoy tan aterrorizado como debería, entrar a la prisión se va volviendo una costumbre para mí. Las llegadas nocturnas son mi especialidad. Este ya es mi tercer centro de detención en dos meses, ¡como si mi pasión por viajar hubiera cautivado a la administración penitenciaria! Disconforme como siempre con este traslado contra mi voluntad, no hago ningún esfuerzo para socializar. Así como en Bhairahawa mi llegada había sido todo un acontecimiento, aquí podría decirse que a todos les importa un bledo.

"¿De dónde vienes?", me pregunta uno de ellos. "De Francia", digo por pura formalidad. "No. Es decir, ¿de dónde te trasladaron?" "De Bhairahawa." "Rupandehi 1. Vale. Aquí hay 1600 personas. Entra y sale gente todos los días. Tenemos muchos extranjeros, ¡incluso franceses!"


  1. Rupandehi es el nombre de uno de los 75 distritos de los que se compone Nepal. Bhairahawa, también llamada Siddharthanaga, es su capital. 

Los detenidos duermen en colchones tirados en el suelo bajo un fino tejado de chapa.

La lucha de castas

Mientras tanto, afuera los agentes inspeccionan minuciosamente mis efectos personales y confiscan mi lector mp3, mi monedero y mis tarjetas de crédito. Un poco más profesionales que en Bhairahawa, no me dan ni la más mínima oportunidad de escaparme, adiós al kit de fuga. Me maldigo a mí mismo: esta mañana, antes de partir, tendría que haber ido al WC para esconder las tarjetas en los zapatos, bajo las plantillas. Nunca se les ocurre mirar ahí. Quizá no pensé antes en ello porque una parte de mi quería abandonar ese peligroso proyecto. Es mejor así.

Ya otra vez con mis pertenencias, ahora le toca registrarlas a los prebostes. El segundo control, como en Bhairahawa. Lo recuperaré todo al día siguiente, salvo la copia de mi sentencia escrita, que conservan en sus archivos.

Luego, un recluso-vigilante me conduce hasta el pabellón, donde tengo la grata sorpresa de descubrir habitaciones individuales con camas simples y calefaccionadas. ¡Un alivio para este frío que pela!

En una sala que funciona como despacho, hay hasta impresoras, fotocopiadoras, computadoras...
Pero pronto llegaría la desilusión.

Este pabellón, el n°8, está destinado a los que llaman aquí naike, los daï 1 locales. La crème de la crème. Naike significa “líder” en nepalés. Recorro rápidamente el pabellón nada más que para registrar mi llegada. En lo que parece un despacho, paso frente al secretary naike, el secretario.

Después vuelvo a salir con el naike que me condujo. Atravesamos un patio iluminado por neones multicolores, donde también hay algunos árboles. Reconozco un ginkgo, un eucalipto. Hay un simulacro de jardín, una fuente, un grupo de detenidos reunidos en torno a un tubo de rayos catódicos. Subimos unas escaleras agrietadas que nos conducen hasta el pabellón 7, donde se amontona a todos los nuevos. El naike me deja entre las expertas manos de un saha naike, un sub-naike, los prebostes de los demás pabellones. Hay nueve pabellones en total, un naike por cada 25 personas y un saha naike, por cada 10. El ambiente no es el mismo que en el 8: los detenidos duermen en colchones tirados en el suelo bajo un fino tejado de chapa.

Ningún tipo de aislamiento. Si no fuera por el calor humano, haría casi la misma temperatura que afuera. El techo es tan bajo que hay andar encorvado en este altillo oscuro y sucio.

El saha naike del pabellón 7 le ordena a un detenido que comparta momentáneamente su colchón conmigo.

Más tarde, el saha naike me lleva a hacer una primera visita. A primera vista, el lugar me parece inmenso, comparado con los espacios confinados donde me muevo desde hace dos meses. Me muestra lo que aquí llaman el compound, que es el callejón circundante que bordea la periferia del recinto. Hay unos quince urinarios apoyados contra el muro norte, al aire libre. Luego atravesamos la cárcel a lo ancho para llegar hasta el compound sur, donde hay una veintena de WC turcos, que aquí llaman crappers.
Puedes usar los urinarios o los crappers cuando quieras. Salvo estos dos sitios, está prohibido merodear por el compound a la noche. De día, en cambio, está abierto. ¿Está claro?
Asentí. Es todo. Las reglas son muy livianas en comparación con las Bhairahawa: aquí parecen limitarse a los WC.


  1. daï significa “gran hermano”. Son reclusos-vigilantes, encargados de mantener el orden y organizar la detención. 

Se trata de un gueto mugriento y caótico. Una colmena que zumba.

"Esto es un hervidero de vida"

Me despierto a las 10.30hs. He dormido doce horas seguidas. Es la primera vez desde hace exactamente dos meses que duermo durante la mañana, habiendo sido la última vez la del día en que fui detenido. Las horas de sueño se incrementaron tanto en cantidad como en calidad. Aunque todavía tenga que compartir el catre, tengo más espacio y puedo estirarme sobre mis espaldas, mientras que en Bhairahawa estaba todo el tiempo en posición fetal.
No muy lejos de mi cabeza, un altavoz se hace oír, colgado afuera de uno de los muros del pabellón 7. Mas, estaba tan profundamente dormido que esta mañana no me ha despertado. No se ve casi nada, aunque el sol ya haya salido hace tiempo. En este altillo hay muy pocas aberturas, y cuando se da uno de los recurrentes y prolongados cortes de luz de Katmandú, las pocas bombillas se apagan y el dormitorio colectivo se sumerge en la oscuridad.

Descubro la cárcel central bajo un gran cielo azul; pero en seguida, en lo alto de las escaleras, un hecho se impone: se trata de un gueto mugriento y caótico. Una colmena que zumba.

Esto es un hervidero de vida, de actividades. ¡Hay un pequeño hospital, un generador, una sala de billar, un pequeño templo hindú con una parabólica sobre el tejado, unas tiendecillas, restaurantes torcidos, algunos cafés, cocinas, pabellones de varios pisos!

Veo tejedoras que trabajan con sus telares y sastres en su taller de costura. Un salón de peluquería-barbería. Colchoneros. Desemboco en un campo de juego que es en sí mismo más grande que el patio de Bhairahawa. Está ubicado en medio de dos tribunas y otros pabellones que comprenden una tienda de comestibles y un monasterio budista. Banderas de plegarias multicolores conectan el monasterio con los demás edificios del patio.

En el balcón de uno de ellos, detrás de las rejas anti-suicidio, puedo vislumbrar un taller de asientos de bambú. La bandera de Nepal también está presente. Las posibilidades de este lugar me resultan exponenciales comparadas con las de los dos últimos meses.

A pesar de mi latente descontento, me doy cuenta de que mi día a día mejora. Mi encarcelamiento ha tomado otra dimensión. Este traslado constituye un innegable avance hacia mi libertad.

Hacia el final de esta mañana invernal, una muchedumbre compacta se aglomera en el patio para calentarse al sol. Algunos se buscan piojos, otros se rascan la espalda.

Alguien le lee a un viejo analfabeto su sentencia. Pareciera una lectura pública, sin ningún pudor y en voz alta.

Como en Bhairahawa, hay algunos animales e incluso un perro. Reconozco con agradable sorpresa a varios tipos de origen caucásico deambulando en esta “cour de miracles”: un gran rubio, un robusto barbudo de cabeza rapada, una joven con coleta y chiva...
Hasta ese momento, yo era el único vidēśī 1 inmerso entre indo-nepaleses. Situación que también resultaba enriquecedora, pues me forzaba a enfrentarme constantemente a una cultura extranjera. Tendré alternativas aquí, pues.

Pero lo que realmente aprecio es el relativo anonimato en el que estoy hundido.

Nadie me conoce por el momento y, por lo tanto, puedo pasearme sin que me pregunten desde el otro lado: “¿De dónde vienes?” “¿Qué has hecho?” Me ignoran, me dejan soberanamente en paz. En Bhairahawa esta calma era impensable, sin duda por las dimensiones y la plantilla reducida. Pero sin tener otra opción, acabé por acostumbrarme. Y es sólo aquí, en esta ciudad, que creo tomar una gran bocanada de oxígeno.


  1. “blanco” en nepalés 

Un olor a humedad a base de basura y agua estancada, incapaz de encontrar el alcantarillado y que fermenta lentamente. Una mezcla de ratas muertas, moho, jabón, desechos acumulados, ...

Cárcel de ciudades, cárcel de campo

Sin embargo, esta euforia relativa sería más bien temporal. Desde luego, esta prisión es mucho más grande, pero también está más poblada.

Un rectángulo de unos 80m x 65m, esto es, 5200 m², como un pequeño campo de fútbol, alberga 1600 personas. Seguimos pues en las estadísticas de un campo de concentración.

Por ejemplo, la densidad es tan alta que cuelgan la ropa con perchas en alambres colocados a unos tres o cuatro metros del suelo, en las ramas de los álamos. Me fijo en el cielo, en los alrededores: he cambiado el ambiente campestre de Bhairahawa por uno urbano. La copa de los árboles que podía vislumbrar por encima de los altos muros ha cedido el paso a los edificios. La cúpula agrietada de un templo hinduista al este, al norte un edificio en obras al lado de un centro comercial vertical.

Continúo este paseo por los bajos fondos. Bajo mis pies, el suelo comienza a estar mucho más sucio y deteriorado. Desde este punto de vista, echo de menos Bhairahawa, donde el suelo no estaba apto para comer, aunque lo hiciéramos. Allí, la gran limpieza general permitía mantener el pequeño patio más limpio y organizado que el exterior.

Aquí, el suelo está sucio y cubierto de escupitajos. Los presos se aclaran la garganta, hacen gárgaras, se suenan la nariz a lo bruto... Aquí hay tanques de recuperación de agua de lluvia, aunque el agua del grifo tiene un aspecto terroso.

Me acerco al espacio de la basura: los olores pestilentes salen de todas partes. Un olor a humedad a base de basura y agua estancada, incapaz de encontrar el alcantarillado y que fermenta lentamente. Una mezcla de ratas muertas, moho, jabón, desechos acumulados, ...

Vuelvo a ver a los urinarios bajo una cruda luz. No hay descarga de agua, pues no hay agua corriente.

Los azulejos han amarilleado a causa de la urea. Escupimos en los urinarios. Los que llevan lungi 1 se lo suben, o mean directamente en cuclillas. A la derecha, al pie del muro norte se encuentra el sector de las duchas, una larga zanja pútrida al aire libre.

Bajo un cartel que anuncia “prohibido fumar”, decenas de detenidos calcinan sus cigarrillos.Por otro lado, fumar está terminantemente prohibido dentro de los edificios, contrariamente a Bhairahawa. [...] En el compound sur, compruebo que las puertas de los crappers se terminan a media altura. Y esa media altura para un nepalés está bastante por debajo de la cintura mi caso. En Bhairahawa, las cabinas eran integrales, lo que era preferible en cuanto a la intimidad. Allí estaban limpias, pero aquí, son verdaderas cloacas. El hedor es una tortura. Los crappers ofrecen una excelente imagen a la parte trasera de un pabellón, cuyas ventanas de vidrio rotas están selladas con periódicos. Más allá, hay un amasijo de escombros, de tierra, como si el lugar no estuviera ya lo suficientemente saturado.


  1. especie de pareo largo y en algodón que se lleva hasta los tobillos, NdlR 

No hay puertas, ni rejas, y las entradas de los pabellones están abiertas las 24hs. Vamos y venimos.

Un ambiente sonoro agobiante

Cuando decido quedarme en la cama, dentro del sombrío pabellón, el altavoz suele molestarme constantemente. De hecho, el recinto es demasiado grande como para que los llamados sean transmitidos de viva voz; por lo que se realizan a través de micrófonos y altavoces. Y como somos demasiados, el torrente de voz gangosa colma el ambiente, de por sí ruidoso todo el santo día, como la del almuecín loco anunciando una ristra de apellidos. Por ejemplo:
"¡Santosh Tamang Ji, Santosh Tamang Ji, Santosh Tamang Jiiii!"
"Ji" significa "señor". "Ji" para los nepaleses, "señor" para los extranjeros. También se escuchan mensajes generales, pero el hecho de no comprender lo que el naike dice me permite esquivar una parte del lavado de cerebro. Sigo prefiriendo los gritos bestiales e inoportunos de Bhairahawa. Al menos eran humanos y animaban el ambiente. Aquí hay un ambiente sonoro agobiante.

No hay forma de evitarlo, los altavoces están colocados en cada rincón de la cárcel para poder escuchar todo al mismo volumen y en cada esquina.

Vuelvo al patio donde se está celebrando un apasionante partido de fútbol. Me siento en una tribuna para echar un ojo. Un llamado retumba en los altavoces, el partido se detiene, alguien recoge el balón y todos suspenden sus actividades, se levantan y se unen a la marea humana. Un recluso me hace señales de que la siga, cada uno se dirige a su dormitorio colectivo mientras el speaker continúa gritando. “¡Number!¡Number!¡Number!”
De hecho, de regreso al pabellón 7, cada prisionero se dirige a su cama: es el number local.

Cuando se lanza el llamado, cada uno debe volver a su pabellón para que los saha naike procedan al conteo. Luego, los altavoces se silencian y nuestros tímpanos se alivian.

Debe de ser el kōṭhā kōṭhā. Vamos a estar encerrados en los dormitorios hasta mañana, me digo a mí mismo. Pero después de un cuarto de hora, los altavoces se ponen en marcha: “¡Number, pugyo! ¡Number, pugyo! ¡Number, pugyo!”
Nos levantamos, volvemos a salir... Los sigo. Me imagino que el number debe de haber terminado.

Otros gritos retumban nuevamente:
“¡Oh number! ¡Oh number!” “Es el number de las 19hs”, me informa Anatolii 1. [un detenido ucraniano, NdlR] "Pero si ya hubo uno... ¿cuántos hay?" "El de las 16hs, a las 19hs y el de las 22hs, antes de acostarse. Luego está el toque de queda, en el que está prohibido reagruparse, pero en el que siempre se puede salir de manera individual para ir al WC, o para fumarse un pitillo."
"Bueno, es hora de volver a nuestros pabellones."
Mientras vuelvo al pabellón 7, los “¡Oh number! ¡Oh number!” llueven a mi alrededor. Como los altavoces se han apagado a las 18hs, el llamado de los dos últimos numbers de la jornada se realizan a la antigua.

La única norma que vale realmente son los numbers. La cárcel está abierta y se parece mucho más a un campo de prisioneros. Teniendo en cuenta que somos 1600 y que la coordinación entre policías y naike es mala, la organización del number es mucho más larga y pesada que en Bhairahawa, donde éramos una centena.

En el pabellón 7, el de las 19hs puede durar hasta unos cuarenta minutos en los que podemos hacer lo que queramos siempre y cuando nos quedemos en la cama: hablar, leer, escribir...
Es también en ese momento en el que, en cada pabellón, los saha naike pasan a dar consejos a los demás detenidos, como en Bhairahawa. Pero aquí, cuando los sub-naike entran al dormitorio, los detenidos interrumpen sus actividades, se mantienen en posición de loto y los saludan tan cortésmente que roza el límite de la adoración:

“¡Namaskāra! ¡Namaskāra! ... ¡Namaskāra!”.
Namaskāra significa literalmente “saludo al dios que está en vosotros”.
Pero de manera más simple, podríamos traducirlo como Namastē para “hola” y Namaskāra, más pomposo, para decir “buenos días”. Los detenidos unen gesto y palabra colocando las dos manos bajo el mentón, como si rezaran el namaskāra mudrā, como señal de devoción hacia los prebostes. Los nepaleses son bastante obedientes.

Como extranjero, me siento exonerado de esta humillante proskínesis. Cuando los saha naike pasan, yo simplemente debo erguirme sobre el catre para manifestarles una mínima cuota de respeto.

El balido de los "Namaskāra" y estas reverencias exageradas son ridículas más que nada porque los sub-naike están doblados en dos a causa del bajo techo del pabellón 7. Desfilan delante de nosotros en esa posición ridícula, golpeándose a veces contra las vigas metálicas mientras que nosotros estamos sentados cómodamente en los colchones.*

Para el number de las 22hs hay que regresar a la cama. Cuando nuestra noche comienza, los saha naike pasan para contarnos. Unos instantes después de acabar, ya podemos salir. No hay puertas, ni rejas, y las entradas de los pabellones están abiertas las 24hs. Vamos y venimos.


  1. un detenido ucraniano. 

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