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Mi visita a Tewhan Butler

— Publicado el 19 de julio 2017.

Anne-Valérie Bernard ha entablado una estrecha relación con Tewhan Butler, encarcelado en Lake Pacid en el norte del estado de Nueva York. A finales de abril de 2017, Anne-Valérie viaja desde Francia a Estados Unidos para hacerle una visita.
Relato.

TODO comienza siempre de la misma manera; siempre las mismas verificaciones antes del viaje: llevar la ropa adecuada, tener en cuenta los colores prohibidos, el largo de las mangas, el escote; elegir el sostén sin aros ni broches metálicos, el pantalón no muy ancho ni muy apretado, los zapatos apropiados. Preparo una pequeña bolsa plástica transparente para poner el dinero que puedo llevar conmigo en el locutorio y los tiquetes del bus que me llevará a aquel lugar recóndito, ubicado en medio de la nada. Tengo que pensar en reservar un hotel barato para pasar las noches que me quedaré allí y anotar el número de una empresa de taxis para ir y volver a la prisión, mientras, tal vez, encuentre a alguien que pueda llevarme.

Esto comenzó hace mucho tiempo, cuando mi corresponsal y yo quisimos vernos para conversar frente a frente, lo que suponía todo un desafío, puesto que era necesario obtener un permiso de visita de una prisión federal estadounidense.

Después de cinco rechazos, por fin aprobaron mi solicitud. Desde entonces, he realizado dos viajes a Kentucky, donde me preparo para ir a Lake Placid, en el norte del estado de Nueva York, cerca de la frontera con Canadá. Tras los juegos olímpicos de invierno de 1980, la villa olímpica se transformó en una prisión federal de mediana seguridad en la que más de 700 hombres cumplen su condena.

Tomamos una pequeña ruta en medio de un denso bosque y unos cien metros después de pasar por el frente de la prisión estatal...

La espera

UNA VISITA se trata sobre todo de la espera; una larga espera. En realidad, es como una obra de teatro que se compone de tres actos: antes, durante y después. Antes, dos actores se preparan para el encuentro, la comunicación es limitada, cada palabra se elige cuidadosamente y se evitan todos los temas que podrían dar la oportunidad a la administración penitenciaria de anular la visita. De lado y lado del océano, cada uno hace lo que tiene que hacer: el recluso intenta evitar cometer un error y el visitante organiza su viaje.

Si bien ya me encuentro en el continente americano, aún no estoy segura de que la visita se llevará a cabo. De hecho, solo podré estarlo hasta el último minuto.

Con una maleta liviana, emprendo el viaje en bus, un viaje que me tomará ocho horas; un momento de tranquilidad en el que me preparo para afrontar el universo glacial de la prisión.

Durante ese tiempo, muchas preguntas me vienen a la cabeza: en caso de que la visita sea posible, ¿me harán esperar mucho tiempo? ¿Cómo serán los guardias?, ¿el locutorio? ¿Cuánto tiempo dura la visita? ¿Podremos hablar tranquilamente? o ¿tendremos que gritar para escucharnos? Intento disfrutar del paisaje para calmar la angustia subyacente que precede una visita a la prisión; trato de mirar los árboles, las montañas y los ciervos que se pasean. El estrés de mañana será más que suficiente.

Sábado 29 de abril: tan pronto como me levanto, me empieza a invadir la ansiedad. El único taxi que puede llevarme, me recogerá a las 7 de la mañana. La prisión no está muy lejos, como máximo a 15 minutos, así que tendré que esperar 45 minutos en la prisión antes de que empiecen las visitas. Desafortunadamente, el chofer llegó más temprano de lo esperado; parece un hombre alegre. Tomamos una pequeña ruta en medio de un denso bosque y unos cien metros después de pasar por el frente de la prisión estatal, llegamos a la entrada de la prisión federal. El chofer me dice “Welcome to the Olympic Village” (Bienvenida a la villa olímpica). No son ni siquiera las siete y cuarto cuando me bajo del coche.

Empieza el segundo acto: el “Durante”. Aunque esté sola en el estacionamiento de la prisión y aunque no haya ningún movimiento a mi alrededor, siento varios pares de ojos invisibles que me observan. Siento que soy vista sin ver; vista antes de ver. Es una sensación recurrente a la que no logro acostumbrarme, una sensación molesta que me hace sentir incómoda.

Entro en la prisión pero, como me lo esperaba, me hacen salir, puesto que es prohibido esperar en el establecimiento a que llegue la hora oficial de las visitas.

Salgo del perímetro de la prisión y me siento en el bosque: observo los coches que entran y salen, el cambio de personal; escucho las detonaciones de armas de fuego en los campos de tiro junto a la prisión, las órdenes que los guardias gritan a los reclusos y que son amplificadas por los altoparlantes. Sigo esperando…

“¿Será posible realizar mi visita?”

Cuando llega la hora, regreso a la entrada de la prisión. Estoy confinada en una especie de recibidor, al que rápidamente llegan otros visitantes; la mayoría son mujeres, pero también hay algunos hombres y niños. Una mujer me pasa por delante, lo que no me molesta porque parece conocer el lugar y yo podré hacer lo mismo que ella. Un guardia asoma la cabeza por la puerta y pregunta si todos venimos por la visita a la prisión federal, ya que a menudo hay confusiones con la prisión estatal. Todos hemos rellenado el formulario de solicitud de visita; todos esperamos. Las conversaciones comienzan: comentarios sobre el guardia, al que todos califican unánimemente de “asshole” (cabrón). Le encanta atormentar a las mujeres por su vestimenta; nada le parece bien: el pantalón demasiado apretado o no lo suficiente, el escote demasiado pronunciado, la blusa muy corta. Todo es una buena excusa para hacer que este momento sea aún más difícil de lo que ya es. En ese instante, me doy cuenta de que olvidé llevar ropa para cambiarme en caso de que los guardias no acepten lo que llevo puesto.

Hay algunas declaraciones demoledoras —“es la última vez que visito a mi esposo. Ya estoy harta de los viajes tan largos”—, discusiones entre madres e hijos, y momentos de angustia cuando una mujer se da cuenta de que ha olvidado sus documentos de identidad y que, por lo tanto, no podrá ingresar.

Todos se ayudan entre sí, todos se interesan por los demás, la solidaridad se expresa en una asombrosa algarabía que intenta ocultar la ansiedad que refleja cada mirada: “¿Será posible realizar mi visita?”

Miro rápidamente la sala en la que se llevan a cabo los controles de seguridad; en la pared, veo una foto de Donald Trump y me digo que el retrato ya no es el mismo de la última vez, lo que no tiene ningún interés pero me permite pensar en otra cosa y olvidar la tensión palpable.

Por fin se abren las puertas del recibidor. El guardia anuncia que entraremos de tres en tres. Le doy mi pasaporte y mi formulario de visita, relleno el registro, pido un casillero para mi cartera y firmo. Me quito los zapatos y las gafas y los pongo, junto con las llaves del casillero y mi cartera llena de “quarters” (monedas), en la cinta transportadora. Una vez que he cruzado la puerta de seguridad, me pongo los zapatos y las gafas. Ayudo a un niño a ponerse los zapatos, mientras el guardia se dirige a nuestro pequeño grupo de cuatro mujeres y dos niños. El guardia nos pone un tatuaje legible bajo los rayos ultravioleta en la mano derecha. En estos momentos, lo único que podemos saber con certeza es que mañana el tatuaje irá en la mano izquierda.

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Las puertas

CRUZO la primera puerta; al abrirse, su sonido característico “bzzzzz” viene acompañado del ruido metálico de las llaves, las cadenas y las esposas amarradas en el cinturón de los guardias. Tan pronto como se cierra la puerta, el guardia nos pide que le mostremos los tatuajes. No han pasado más de treinta segundos entre el momento en que nos los puso y el momento en el que desea verificarlos. No nos hemos alejado de él ni un instante y hemos cruzado la puerta juntos, pero esa es la regla. Al otro extremo de la sala, tras un vidrio transparente, otro guardia nos pide de nuevo proceder a esta verificación. De repente, el olor metálico y frío de la prisión me sumerge.

Al pasar por una segunda puerta, nos encontramos en el exterior. De ahí, puedo ver un pequeño patio, los edificios, las celdas, pero sobre todo, el bosque que circunda la prisión. Contrariamente a las prisiones de máxima seguridad rodeadas de muros, las de mediana seguridad están rodeadas de alambradas, que al menos permiten ver los alrededores.

Tras cruzar una puerta más y pasar por una nueva verificación, entramos al locutorio. Cada visitante es identificado con el nombre del recluso que viene a ver. Debemos mostrar de nuevo la mano para la verificación de la identidad, antes de sentarnos en el lugar que el guardia nos ha designado. Me siento. Estoy un poco nerviosa. El locutorio es pequeño o, tal vez, somos demasiados visitantes. Si este es el caso, sin ninguna duda reducirán el tiempo de las visitas. Aquí nada es seguro, es posible, incluso, que al otro lado de la pared, la persona que vengo a visitar no esté autorizada a cruzar la puerta.

Miro alrededor: hay una fila para los reclusos que reciben a un solo visitante y otra para los que reciben a varios. En una esquina, hay una mesa con un horno microondas, tenedores, cucharas de plástico pequeñas (sin cuchillos) y servilletas de papel. También hay dos cabinas poco cómodas con una pantalla reservada para los reclusos en aislamiento, que solo pueden tener visitas virtuales.

Me siento un poco perdida: hay dos filas de seis sillas colocadas frente a frente y separadas por una pequeña mesa; me pregunto si puedo poner mis llaves sobre la mesa, lo que estaba prohibido en la anterior prisión.

Observo a mis compañeras de un día; todas están comprando en las máquinas algo para comer: platos cocinados, frutas y bebidas a precios prohibitivos. La situación es un tanto incongruente; todas ponen sus compras sobre la mesa, como si cada una de ellas preparara una cena familiar. Deduzco entonces que sí puedo poner mis llaves sobre la mesa y me levanto también para comprar algo de tomar y comer. La comida cotidiana es tan horrible e insuficiente que los reclusos aprecian poder comer algo diferente, aunque los productos que venden sean de mala calidad.

pensar en la próxima visita, sabiendo que la rutina será la misma de hoy pero que, al mismo tiempo, todo puede ser diferente, ya que las reglas cambian de un día para otro

El tiempo contado

DE REPENTE, un hombre entra en la sala, entrega su tarjeta de identidad de recluso al vigilante y se dirige hacia su visitante. La sonrisa que ilumina su rostro lo dice todo: la visita es un instante de libertad robado a la institución carcelaria. Tewhan Butler, la persona que vine a visitar, viene detrás; uniforme caqui, zapatos de plástico naranja, erguido y digno, me busca con la mirada. Tras un corto abrazo, nos sentamos y empezamos a conversar.

A nuestro alrededor, el ruido y la agitación crecen poco a poco. Los visitantes entran por un lado del locutorio, los reclusos por el otro. Las monedas caen en las máquinas dispensadoras, las conversaciones se cruzan entre las idas y vueltas al horno microondas, las personas ríen, los niños gritan cuando ganan o pierden un juego con sus padres, otros lloran por el largo tiempo que tienen que pasar sentados un una silla de plástico demasiado incómoda… Los fotógrafos de la prisión se desplazan, los guardias recorren la sala sin cesar, el vigilante grita para reprender a los que han infringido alguna regla.

Frente a mí, y sin mirarme, se encuentra Tewhan. Sus ojos, como los de todos los demás, no dejan de mirar de un lado para otro, recorriendo con la mirada todo lo que se encuentra en su campo de visión.

Vigila el locutorio, listo para reaccionar en caso de que ocurriera algo anormal. El locutorio también es un lugar peligroso. De repente, el vigilante grita más fuerte. Todo queda en silencio. Es el momento del conteo. Al terminar, todos se sientan y continúan sus conversaciones como si nada. Esta interrupción les permite recordarnos a todos —como si alguien pudiera olvidarlo— que nos encontramos dentro del sistema carcelario.

Hablamos y hablamos de toda clase de temas, como por ejemplo, del trabajo de Tewhan —cerca de 45 horas semanales en la lavandería— por el que recibe 17 dólares mensuales, de sus hijos y sus proyectos, de sus próximos cumpleaños —uno más que no celebrará con ellos—, de su hija, que le anunció que su madre había aceptado llevarla para una visita. Hablamos de lo que Tewhan desea hacer más adelante, de su solicitud de inscripción a la universidad, de su regreso a la sociedad, de las reglas de este establecimiento, al que lo trasladaron hace poco, de la ventana de su celda desde la que se puede ver la luna en las noches —por ironía del destino, las construcciones creadas para deportistas de alto nivel tienen ventanas dignas de ese nombre—. Hablamos de su esperanza de ver un día los ciervos que se acercan a los alrededores de la prisión, de “Perro blanco” de Romain Gary y de otros libros, de la elección de Donald Trump, de la elección presidencial francesa, de amigos comunes al exterior, de mi estancia…

Hablamos sin descanso, ya que, aunque nadie lo dice, todos sabemos que el tiempo está contado. A propósito, el guardia grita que el tiempo de visita está a punto de terminar.

Hoy es sábado. Los que regresarán mañana, o al menos eso esperan porque por cualquier motivo puede haber una prohibición de las visitas o un “lockdown” (literalmente cierre) de la prisión, continúan sus conversaciones tranquilamente. Los que no podrán regresar aceleran sus conversaciones. En medio del creciente ruido se oye “¡Visit over!”. Se ha terminado la visita. Ha llegado el “Después”. Debemos irnos, despedirnos, decir hasta mañana, o tal vez no. Los reclusos se encuentran de espaldas contra una pared al fondo de la sala, los visitantes también, pero al otro extremo. Los reclusos salen primero y nosotros tomamos el mismo camino que recorrimos en la mañana, y pasamos por las mismas verificaciones pero en sentido contrario.

Recuperar sus pertenencias, devolver la llave del casillero e irse; intentar liberarse de la pesada carga emocional; pensar en la próxima visita, sabiendo que la rutina será la misma de hoy pero que, al mismo tiempo, todo puede ser diferente, ya que las reglas cambian de un día para otro y sin previo aviso solo para mantener a las personas bajo presión y poder decir “somos nosotros los que dictamos las reglas y podemos hacer lo que queramos”.

La prisión es el triunfo de la arbitrariedad. Es el “Después” y el “Antes”. Un ciclo infernal que para los reclusos puede durar toda una vida. En este caso, para mi amigo Tewhan durará treinta años.


Anne-Valérie

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