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Egipto: un médico, defensor de los derechos de los reclusos, en prisión

EL 14 ENERO DE 2016, Taher Mokhtar, un médico egipcio de 32 años, fue arrestado en su domicilio de El Cairo sin conocer los motivos. Taher, activista de derechos humanos comprometido con la campaña en favor de una mejor atención sanitaria para los reclusos, trabajaba como interno en el centro El-Nadeem, lugar de rehabilitación para las víctimas de tortura, fundado en 1993 y cerrado por el Gobierno el pasado mes de febrero. Tras su arresto, los servicios de seguridad del Estado lo interrogaron durante varias horas y lo pusieron en aislamiento solitario —sin la posibilidad de recurrir a un abogado— antes de llevarlo a prisión preventiva por sus actividades en favor del derecho a la salud de los reclusos.

Taher Mokhtar y el sindicato de médicos egipcios habían venido denunciando la negligencia médica de la que son objeto los reclusos, una infracción al artículo 18 de la Constitución egipcia: la salud es un derecho para todos. Taher Mokhtar , autor de varios informes que denuncian los malos tratos que se infligen a los presos políticos o de derecho común, la falta de asistencia médica para los reclusos enfermos, y las condiciones de reclusión inhumanas e insalubres, permaneció detenido durante siete meses en el centro penitenciario de Tora, en las afueras de El Cairo.

Al ser liberado, en agosto de 2016, regresó al centro El-Nadeem para ejercer como médico titular. Sin embargo, el temor a ser encarcelado de nuevo, lo obligó a huir de su país a principios de 2017. Prison Insider lo ha entrevistado.

"A veces estábamos tan estrechos que para mantenerme de pie tenía que apoyar primero una pierna y luego la otra."

"Desde el momento de mi arresto, permanecí dos semanas en el centro de detención de los servicios de policía y seguridad de El Cairo. Éramos como cincuenta reclusos hacinados en una celda minúscula sin aire acondicionado, ventanas o ventilación, en la que solo había un baño para todos… A veces estábamos tan estrechos que para mantenerme de pie tenía que apoyar primero una pierna y luego la otra. Debíamos organizarnos en turnos para sentarnos, acostarnos o intentar dormir en el suelo. Nuestros familiares podían visitarnos cinco minutos diarios para llevarnos algo de beber o de comer. Son las peores condiciones de detención de todo Egipto.

Yo tuve la suerte de pasar únicamente dos semanas en ese lugar, pero otros pueden permanecer allí hasta dos años… Si es que las deplorables condiciones sanitarias no los matan antes. Sin duda, mi condición de médico, defensor de los derechos humanos, empleado de una organización humanitaria y miembro activo del sindicato de médicos egipcios me ahorró los malos tratos físicos, pero muchos de ellos eran golpeados, torturados, electrocutados, violados o colgados de las manos durante varios días por parte de la policía política.

En Tora, el mega-centro penitenciario al que me trasladaron, las condiciones eran relativamente mejores. Pero después de haber vivido en ese infierno, todo es relativo. A su llegada al centro, entre gritos, humillación y golpes, a los reclusos se les rapa la cabeza para evitar la proliferación de piojos, y se les viste de un uniforme blanco. Durante once días, sobreviví en una celda de treinta personas en la que solo disponíamos de un baño y de una ducha que rara vez funcionaba. Teníamos una cobija para dormir en el suelo y no teníamos ningún acceso al patio. Nuestros familiares, de los que dependíamos para sobrevivir, estaban autorizados a visitarnos una vez por semana. Durante ese periodo, fui víctima de malos tratos por haber criticado las condiciones en las que vivíamos. Después de un tiempo, me cambiaron a una celda de quince personas.

Por ser preso político, no estaba autorizado a trabajar, mi única compañía eran el aburrimiento, la ansiedad y la interminable espera. Como tampoco era muy fácil ingresar un libro a la prisión, con mis compañeros de infortunio, jugábamos dominó o ajedrez, que fabricábamos nosotros mismos con lo que teníamos a la mano.

Durante siete meses viví la tiranía del sistema represivo al que se somete al pueblo egipcio y pude constatar por mí mismo la dificultad de los reclusos para acceder a los servicios de salud.

Las enfermedades relacionadas con el encierro y la insalubridad sobrevienen inevitablemente: las neumonías, afecciones digestivas y dermatológicas, entre otras, son muy frecuentes; la hepatitis C se propaga con rapidez, y las muertes por ataques cardiacos ocurren a menudo. Las familias pueden llevar medicamentos puntuales pero por lo general, en prisión, todas las enfermedades, incluso el cáncer, se tratan con paracetamol.

El problema del agua es crucial en nuestro cálido país, y el precio exorbitante de las botellas de agua mineral que venden en la prisión hace que muchos reclusos no puedan comprarlas y deban satisfacerse solo de lo que le llevan sus familias, o hidratarse con el agua de grifo no potable. Una causa adicional de las afecciones crónicas que, en estas condiciones sanitarias y de privación del acceso a la atención médica, pueden ser mortales.

La mayoría de los reclusos son encarcelados sin razón o simplemente porque, al igual que yo, son activistas que se oponen a la dictadura y a la represión general. En mi caso, nunca se entabló un proceso judicial en mi contra ni había una fecha de liberación definida, puesto que los cargos no eran claros… Todos los días, por un periodo de 45 días, veía a un juez que me enviaba de nuevo a prisión, hasta que, al cabo de siete meses, un magistrado decidió liberarme sin ninguna explicación. A mi salida, mi abogado me informó que se había trasferido mi expediente a los servicios de seguridad nacional, lo que no era una buena señal. Mi regreso a prisión parecía casi inevitable, así que, contra mi voluntad, decidí huir de mi país".

— Publicado el 19 de abril de 2017.

Declaraciones recogidas por Marie-Stéphane Guy

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