EN 1981 durante el debate sobre la abolición de la pena de muerte en Francia, el filósofo Michel Foucault adoptaba una postura premonitoria: “la verdadera línea que separa los sistemas penales no pasa entre los que incluyen la pena de muerte y los que no, sino entre los que admiten las penas definitivas y los que las excluyen”.

¿Definitiva la pena de muerte?, sin duda. ¿Definitiva la cadena perpetua?, no necesariamente. Como lo explica el antiguo Inspector General de los Lugares de Privación de Libertad, Jean-Marie Delarue, “la cadena perpetua es una condena para siempre, sin que ello signifique que la persona purgará una pena por el resto de su vida” (leer nuestra entrevista). De hecho, en las leyes penales de los países signatarios de la Convención Europea de los Derechos Humanos, las personas condenadas a cadena perpetua deben tener derecho a solicitar la adaptación de su pena y albergar la esperanza de recuperar su libertad algún día. Ahora bien, desde hace casi cuarenta años, numerosos países, entre ellos, Francia, recurren cada vez más de manera masiva a la cadena perpetua y, mediante leyes sucesivas, hacen más efectiva la ejecución de esta terrible condena, una condena que Larbi Belaïd conoce, a su pesar, demasiado bien (leer su experiencia sobre la prisión).

En Europa, solo hay seis países que no prevén la cadena perpetua en su Código Penal. Entre los pueblos que ignoran la perpetuidad, los noruegos disponen del sistema penal menos severo del mundo. “Si ellos se han dado cuenta de la dimensión inútil de las largas penas es porque otorgan menos importancia a la gravedad del delito que a las posibilidades de reinserción del individuo”, explica Jean Marie Delarue.

Sin embargo, Noruega es la excepción en un mundo en el que la mayoría de países se inclinan por la cadena perpetua real o incompresible. En este sentido, Estados Unidos juega un papel principal con más de 30 000 personas condenadas a vivir en prisión hasta el último día de sus vidas, entre ellos, 2500 menores. ¿Cómo se explica esta violencia institucional? Para Jonathan Simon, profesor de derecho en la universidad de Berkeley, California (leer su entrevista) “la cadena perpetua es la manifestación del temor que experimenta nuestra sociedad, el mismo temor que contribuyó al nacimiento de la era del encarcelamiento masivo”. Otros países del continente americano, como Honduras por ejemplo, se dirigen por etapas a la introducción de la cadena perpetua efectiva en su legislación (ver artículo de RA. Gómez).

Los testimonios de dos reclusos italianos, Carmelo Musumeci (ver el reportaje) y Marcello Dell’Anna (leer su carta), condenados a cadena perpetua real hace más de 20 años, expresan la falta de humanidad y el carácter absurdo de las penas muy largas y, peor aún, de aquellas en las que no hay una perspectiva de salida.