Fotografías

Como prueba de su compromiso, estos fotógrafos nos permiten exponer sus portafolios. Acceda a la información a través de la imagen y comparta con ellos su singular visión del encarcelamiento.

Los Sobrevivientes

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Un grupo de presos de la Penitenciaría General de Venezuela (PGV) descansan en la colapsada enfermería de la cárcel 26 de Julio, aledaña a la PGV, después de ser evaluados por personal médico del Ministerio del Servicio Penitenciario. — ©Carlos Hernandez
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Dos presos con tapabocas, de los que se sospecha contrajeron tuberculosis en la PGV, comparten cama debido al colapso de la enfermería. — ©Carlos Hernandez
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Un preso proveniente de la PGV es nebulizado en el pasillo de la enfermería de la cárcel 26 de Julio. — ©Carlos Hernandez
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Jerson Ronarcho se desviste para la requisa de la Guardia Nacional. Todas sus pertenencias las lleva puestas: dos franelas, ropa interior, bermudas, pantalón y zapatos Crocs. Al quitarse la ropa, se puede ver el estado de desnutrición en el que se encuentra. — ©Carlos Hernandez
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Aparte de su ropa, el equipo de supervivencia de Jerson Ronarcho incluye un tupperware, un vaso plástico para las comidas y un ejemplar de las Santas Escrituras. — ©Carlos Hernandez
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Jerson Ronaldo pasa caminando ante una fila de guardias nacionales, encabezando el primer grupo de presos que se montarán en un autobús para ser traslados a otro penal. — ©Carlos Hernandez
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Jerson Ronarcho, el primero en montar en el autobús que lo llevará a otra prisión, no va esposado a otro recluso. Una vez adentro, por instrucciones de los guardias, se sentará con la cabeza agachada, sin mirar ni conversar con nadie. — ©Carlos Hernandez
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Varios grupos de presos, divididos según su condición física y el penal a donde irán, esperan en el patio la requisa que hará la Guardia Nacional antes de ser montados en los autobuses. — ©Carlos Hernandez
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Un funcionario del Ministerio del Servicio Penitenciario vigila, en la entrada del patio, a los grupos de reclusos que esperan por su traslado. — ©Carlos Hernandez
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Muchos de los presos que escaparon de la PGV venían descalzos o con sus zapatos en muy mal estado. Algunos pudieron conseguir calzado antes del traslado. — ©Carlos Hernandez
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Un grupo de reclusos, en su mayoría muy jóvenes, espera sentado en el patio de la cárcel 26 de Julio por el traslado a otros penales. — ©Carlos Hernandez
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Usando un solo juego de esposas, las autoridades del Ministerio del Servicio Penitenciario mantienen a los reclusos de la PGV en parejas, hasta que sean trasladados a otros penales. — ©Carlos Hernandez
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Los presos de la PGV, que esperan por su traslado en el patio de la prisión 26 de Julio, están atentos a las diferentes instrucciones que dan los funcionarios del Ministerio del Servicio Penitenciario. — ©Carlos Hernandez
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Un funcionario de custodia pone las esposas a un par de presos en el patio donde esperan la requisa de la Guardia Nacional. — ©Carlos Hernandez
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Apartado del resto de sus compañeros, este preso espera por otros que van a ser trasladados al mismo penal. — ©Carlos Hernandez
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Un recluso lleva tatuajes en el brazo y el pecho: “María”, “No Todo es felicidad”. — ©Carlos Hernandez
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Los presos salen del área de celdas donde estaban recluidos hacia el patio, para ser agrupados antes del traslado a otros penales. — ©Carlos Hernandez
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Un joven recluso, en estado de desnutrición severa, acompaña a otro preso en muletas mientras sube al autobús. Estarán sentados juntos pero no podrán hablar durante el camino. — ©Carlos Hernandez
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Un guardia nacional pasa lista de la identidad y verifica la presencia de los presos dentro del autobús. — ©Carlos Hernandez
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Un guardia nacional pasa entre los presos en el pasillo del bus, mientras uno de ellos, Rainier Fernandez, mira hacia la cámara. — ©Carlos Hernandez
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Familiares de los presos apostadas frente a la cárcel 26 de Julio, durante varias horas, tratan angustiadas de reconocer a sus parientes cuando los autobuses van saliendo de la cárcel. — ©Carlos Hernandez
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Los familiares se reflejan en el autobús que sale de la cárcel 26 de Julio, mientras los presos van agachados sin levantar la cabeza en sus asientos. — ©Carlos Hernandez
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La policía intervino por fin el 22 de octubre, mediante una operación aérea. Al retomar el control de la prisión, las autoridades trasladaron a otros establecimientos a todos los reclusos

Contexto

FRANKLIN MASACRE es un líder de prisión o “pran”. Liberado, pero perseguido de nuevo por las autoridades, Franklin se refugia en la Penitenciaría General de Venezuela (PGV), asesina al pran de turno y toma control de la prisión.

En septiembre de 2016, tras la explosión de una granada, provocada por los pranes, que dejó un saldo de 12 muertos y 23 heridos, las autoridades anunciaron que intervendrían en el establecimiento.
Franklin Masacre incitó entonces a más de 300 allegados de los reclusos a ingresar a las instalaciones para impedir la operación de las autoridades.

Durante el conflicto, se abrió una guerra mediática entre las autoridades y Frank Masacre, que se prolongó durante un mes. El pran abrió un canal en Youtube para demostrar las condiciones de vida extremas de la prisión y difundía videos de personas muertas de tuberculosis, internos reclamando medicamentos y comida.

Las autoridades replicaban con testimonios de antiguos reclusos a los que el pran había amputado alguno de sus miembros por ser demasiado pobres para pagar la "causa" (impuesto que el pran reclama a cada interno de la prisión) y con imágenes de fosas comunes en las que Franklin Masacre enterraba a sus víctimas.

La policía intervino por fin el 22 de octubre. Al retomar el control de la prisión, las autoridades trasladaron a otros establecimientos a todos los reclusos. Carlos Hernández pudo captar en imágenes el momento en que se atendía a los reclusos en la enfermería y en que se preparaban para su traslado.

Pero era increíble que esto pasara aquí, en Venezuela, dentro de una prisión, y que los responsables fueran otros presos

Impresiones

ME ENCONTRÉ con estos presos que se habían escapado del secuestro en que los tenía el pran de la Penitenciaría general de Venezuela (PGV), Franklin Masacre. Los reclusos llegaban por su cuenta, a la cárcel 26 de Julio, que está casi al lado de la PGV, donde se entregaban a las autoridades del Ministerio del Servicio Penitenciario.

Los funcionarios del Ministerio me dieron acceso en dos ocasiones, el 17 y el 18 de noviembre de 2016. La primera vez, pude ver el operativo que el Ministerio implementaba para tratar a los reclusos, pues era una situación irregular. Lo primero era chequear su estado físico y su salud en la enfermería de la cárcel, totalmente insuficiente, por lo que las cuatro habitaciones estaban llenas de presos, hacinados pero siendo tratados por el personal médico.

Como no había suficientes camas, estaban acostados en el suelo. Tanto en las habitaciones, como en la recepción y los pasillos. Se sospechaba que muchos estaban enfermos de tuberculosis.

Esto fue lo más importante, y a lo que dediqué mayor interés, pues me daba una idea de cómo la estaban pasando los que estaban en la PGV. Sin embargo, el acceso fue limitado, solo estuve diez minutos en la enfermería. El interés del Ministerio era mostrar el operativo completo, que incluía la identificación y cotejo de los datos recogidos por el SAIME, de cada uno de los presos, con los datos del Ministerio, para clasificar a los rescatados.

Al día siguiente, me permitieron presenciar el traslado de 400 reclusos hacia otros penales más cercanos a la jurisdicción donde habían cometido los delitos y donde tenían juicios abiertos. Iban a ser trasladados en seis autobuses, custodiados por la Guardia Nacional.

Cuando entré, casi todos estaban sentados en el suelo, en los patios de la prisión, esperando la requisa de la Guardia Nacional y escuchando las instrucciones de los funcionarios sobre su traslado.

Yo era, además de los fotógrafos del Ministerio, el único fotógrafo allí.

Comencé a fotografiar, sin saber cuánto tiempo me lo permitirían. Intuía que no sería mucho, así que me dispuse a captar todo lo que podía ver, con mis dos cámaras.

Lo que captó mi atención de inmediato, era la juventud de todos ellos; aunque estaban desnutridos y flacos, se veía claramente que muchos estaban en sus veintes.

Me impactó mucho eso, había más gente joven de la que esperaba ver.

Desde el primer momento me di cuenta del estado de desnutrición en que estaban, y se les veía la tensión en sus caras, pues no sabían qué iba a pasar, ni a dónde serían trasladados. Hacían esfuerzos por escuchar, pero estaban poco atentos, tratando de mirar hacia todos lados, quizás en busca de caras conocidas. Estaban sentados en el piso, con esposas que los emparejaban con otro preso.

Todos tenían el “equipo” que el Ministerio de Prisiones suministra a los presos: un vaso y un contenedor plástico para la comida, sin cubiertos.

Muchos no tenían zapatos, su ropa les quedaba bastante ancha, a todos. Algunos estaban con tapabocas, lo que indicaba que podían estar infectados de tuberculosis.

Llegó la Guardia nacional y formó un túnel en una de las canchas, en el cual se realizarían las requisas antes de embarcar en los autobuses. En un extremo del túnel, los presos requisados comenzaron a desnudarse completamente.

El primer preso requisado, que no estaba esposado a otro preso, comenzó a quitarse la ropa.

Fue en ese momento que me di realmente cuenta de lo que habían vivido estas personas. La imagen que vi me recordaba fotografías de campos de concentración alemanes, en la Segunda Guerra Mundial, de los campos de exterminio de Bosnia, pero era increíble que esto pasara aquí, en Venezuela, dentro de una prisión, y que los responsables fueran otros presos.

Me quedé haciéndole fotos a este hombre, que solo tenía dos franelas, su pantalón, una bermuda, un interior y unos zapatos Crocs de plástico. Aparte de su equipo de vaso y contenedor, sujetaba una biblia. Su semblante era triste, agobiado, pero su mirada era profunda. Vi su nombre en el contenedor: Jerson Ronaldo. Así que decidí quedarme fotografiándolo a él, y así lo hice, hasta que se montó en el autobús. Luego seguí fotografiando todo lo que pude, otros presos que subían al autobús y los funcionarios de la Guardia Nacional chequeándolos adentro. Cuando ese autobús estuvo completo, recibí la orden de abandonar el patio.

Dos horas y media después, los autobuses estaban listos para salir.

Ese fue el momento en que salí y fotografié a los familiares, que esperaban a las puertas de la cárcel. La mayoría eran mujeres: madres, esposas y hermanas de alguno de los presos.

Necesitaban noticias: sus seres queridos habían estado en la PGV y no sabían aún si habían logrado sobrevivir al horror de Franklin Masacre.

Carlos Hernandez

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Carlos Hernandez

Fotoperiodista

Desde los 10 años cuando su padre le regalo una Kodak Brownie Fiesta, no ha dejado de fotografiar lo que lo rodea, principalmente a las personas.

Trabajó como fotorreportero en periódicos y agencias de noticias, donde aprendió a desenvolverse en condiciones no controladas y adversas.

A finales de los años noventa, acompañando a un juez, participó en la inspección nocturna de la cárcel más notoria del momento en Venezuela: el retén Las Flores de Catia, famoso por su brutal hacinamiento, que le dejó abrumado. Solo pudo volver a entrar cuando fue desalojado. Testigo de su demolición, Carlos sabia sin embargo que, si no se reformaba el sistema de judicial del país, este evento no cambiaría nada.

Veinte años después y luego de haber fotografiado a los presos que escaparon del horror de la Penitenciaría General de Venezuela y de su pran Franklin Masacre, Carlos sigue convencido de que nada ha cambiado en el sistema judicial venezolano.

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