América: rutas de la droga, caminos de la prisión

Por Eliane Martinez.

La historia de las prisiones de América es el producto de una circulación Sur-Norte y Norte-Sur de bienes, personas y conocimientos.

La historia de la circulación de bienes -la droga- causa estragos desde hace treinta años en las comunidades más vulnerables del continente.

La política estadounidense de la "Guerra contra la droga", exportada a Latinoamérica, se concentra principalmente en los eslabones más débiles de la cadena del narcotráfico —personas en situación de extrema necesidad, madres solteras o jóvenes inexpertos— e incumple el principio de proporcionalidad entre la gravedad del delito y las penas impuestas: una persona arrestada con cien gramos de marihuana puede ser condenada a varios años de prisión, y esto a pesar de que en otros países se comienzan a despenalizar estos delitos.

La historia de la circulación de personas concierne a aquellos a los que el tráfico de drogas ha conducido a la prisión en países extranjeros, pero también a aquellos que, desde los años 1990, han sido deportados a sus países de origen, como es el caso de jóvenes hondureños y salvadoreños pertenecientes a pandillas como la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, nacidas en los suburbios de Los Ángeles.

Políticas de encarcelamiento masivo, llevadas a cabo en sus propios países, pusieron a los recién llegados en prisión, lo que les permitió consolidar su presencia territorial y reforzar sus actividades delictivas. Desde entonces, Honduras, Salvador y Guatemala han conocido un vertiginoso incremento de su índice de homicidios.

Existe una tercera forma de circulación que opera en la región desde hace diez años: la de los sistemas de encarcelamiento. El modelo penitenciario estadounidense, sobre todo el de las prisiones "supermax", se ha venido implantando progresivamente en México, Honduras, Panamá y Colombia.

Este tipo de prisiones, que resultan de asociaciones público-privadas, por lo general opacas, instauran un régimen de aislamiento al estilo norteamericano — el solitary confinement— y exponen a las personas privadas de libertad a una extrema desocialización. Venezuela y Guatemala son los únicos países de América Latina, presentes en nuestra plataforma, que no han sucumbido al modelo norteamericano. Sin embargo, sus sistemas penitenciarios, controlados por pandillas armadas, también están gangrenados por la arbitrariedad y la ley del más fuerte.

Ni la ausencia total del Estado en las prisiones ni el encarcelamiento masivo y deshumanizador proporcionarán una solución durable al problema de violencia que caracteriza a América Latina.

En su lugar, el intercambio de verdaderos conocimientos podría dar una respuesta al problema de la circulación de bienes y de personas en relación con el tráfico de drogas de Sur a Norte. Pero la cuestión no es intercambiar conocimientos para aprender a mejor encerrar, sino buscar aprender cómo mejor liberar.

Publicado el 23 de marzo 2017.
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