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Raed Al Nakshbandi, Siria

Raed Al Nakshbandi, refugiado político en Francia desde finales de 2013, pasó 10 años en el infierno de las prisiones sirias, en los confines de la inhumanidad. Liberado en 1991, nos confía la tortura, la humillación, y la negación de la condición humana a las que fue sometido. El horror que describe es, sin embargo, más abominable hoy en día.

« Nací en Damasco en 1960 y soy Ingeniero mecánico. Militante del partido socialista democrático Baas, fui arrestado en abril de 1982 y llevado a la división de investigación militar de Damasco. Durante la primera noche de interrogatorio, fui golpeado y torturado con el método de ‘la silla alemana’(me ataban a una silla y reclinaban hacia atrás el respaldo, hasta el punto de la ruptura, para obtener información). La operación era supervisada por un médico. Permanecí 45 días en una celda subterránea individual en condiciones drásticas, y sometido a interrogatorios violentos y humillantes. Luego, me trasladaron a una celda colectiva en la que estuve durante un mes con otros 12 detenidos. Los interrogatorios, acompañados de malos tratos, nunca se detuvieron. Más tarde, fui trasladado a una celda más grande, equipada con un sanitario, contrariamente a las anteriores. El nombre de reclusos oscilaba entre 60 y 120.

Dormíamos en el suelo, la ventilación era artificial y nos costaba respirar, la comida era insuficiente, teníamos hambre, muchos se enfermaban, algunos morían frente a nosotros.

Las visitas no estaban autorizadas. Tres meses después de mi arresto, los interrogatorios cesaron, como si mi expediente hubiera sido archivado. Sin embargo, no se había abierto ningún procedimiento, no había cargos en mi contra, no había tenido un juicio. Nada, olvidado por completo durante un año. Un año sin salir de esta celda. En mayo de 1983, me llevaron a la prisión militar de Palmira, en la que permanecí durante cuatro años.

Esta prisión es un antiguo cuartel que data del protectorado francés. En este lugar, había siempre un establo, un abrevadero y argollas para atar a los caballos. La policía militar controlaba el establecimiento.

Compartía una celda de alrededor de 80m2 con otros 65 detenidos. Allí tampoco había camas, dormíamos en el suelo con una simple cobija. Los presos políticos recibíamos un trato diferente a los reclusos de derecho común. Si bien podíamos salir al patio durante el día, nos excluían de la vida interna de la prisión.

Mi primera visita la recibí después dos años de encarcelamiento. Luego, cada tres meses. Seguía sin saber qué pasaba con mi expediente, ya que se había decretado un Estado de urgencia y las autoridades no estaban obligadas a justificar los arrestos. Nos podríamos en prisión…

A finales de 1987, me llevaron a la prisión militar de Saidnaya, más reciente y ubicada en las afueras de Damasco. Éramos diez en una celda equipada con duchas y sanitarios. Allí estábamos un poco más cómodos, teníamos colchones de algodón para dormir, podíamos salir al patio una hora diaria y recibir una visita al mes.

El 21 de diciembre de 1991 recuperé por fin mi libertad, gracias al indulto presidencial concedido a los presos políticos».

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