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Nepal: liberación (V)

— Publicado el 13 junio 2018.

En 2015, Renaud Meyssonnier emprendió un viaje desde Francia hasta Asia. Unos meses más tarde, fue arrestado en la frontera entre India y Nepal, por utilizar dinero falsificado, y condenado a un año de prisión. Pasó un mes en Bhairahawa antes de ser transferido a la cárcel de Katmandú. El 28 de mayo de 2015, se entera de que su liberación está próxima. Todavía preso, pero casi libre: he aquí el relato de sus últimos días de encarcelamiento.

"¿Entonces, cuándo salgo?" – “Oh…En aproximadamente tres horas"

28 DE MAYO DE 2015. MI COMPAÑERO de celda me saca de los brazos de Morfeo a las 8:15. Así se lo había pedido yo. Nervioso, algunas horas antes había tenido problemas para dormir: ordeno mis pensamientos, me levanto y me visto. Apenas preparado, mi nombre resuena en los altavoces. Como siempre, habían empezado su letanía desde hacía una hora. Esta vez, el ser llamado temprano un día de māphī (perdón en nepalí) era muy buena señal. Si no hubiera sido indultado no me habrían llamado. Aun así, tengo ciertas reservas. La experiencia me ha enseñado que aquí no se está nunca a salvo de una sorpresa desagradable. Todavía somnoliento, me dirijo hacia la puerta a paso ligero. Allí, como es habitual, hay una aglomeración bastante ruidosa. Un naike 1 sale por la puerta de seguridad. Cuando pasa cerca de mí, me lanza una sonrisa:"¡Eres libre!"

A pesar de la fugacidad del instante, pude ver que experimentó cierto placer al anunciarme la buena noticia. En un principio me quedé atónito. Después giré y me puse a correr. Avanzando a grandes zancadas, me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no corría, que no me había dado prisa. El frenesí del mundo del que se me había arrancado me volvió a atrapar de golpe. Todo exaltado, le pregunté al naike:
-"¿Entonces, cuándo salgo?"
-“Oh…En aproximadamente tres horas", estima sin convicción.

En nepalí eso significa que, como mínimo, cinco o seis horas. Tengo entonces todo el tiempo del mundo para prepararme antes del gran salto. Me había levantado y me habían llamado directamente, ni siquiera había tenido tiempo suficiente para arreglarme: todo había ocurrido muy deprisa, como en un sueño. Un alivio inmenso se apodera de mí. Estoy en estado de felicidad.


  1. en la prisión de Katmandú, preso-vigilante encargado de hacer reinar el orden y de administrar la detención  

Bajo la lluvia que comienza a caer, observo a los nepalíes que se van con una sonrisa de par en par, llevando al hombro sus colchones enrollados. Otros los miran de reojo con envidia.

¿Pero no tienes ganas de irte?

Al cruzar la prisión, las caras me reconocen. Pronto escucho entonar mi nombre, todo el mundo sabe que he sido indultado. Incluso algunos prebostes se paran para felicitarme. Otros que nunca me habían dirigido la palabra vienen a mi encuentro:
"¡Vaya! ¡Este es un día importante para ti!"

Quieren estrecharme la mano, tocarme. Los hindús supersticiosos quieren captar mi buena suerte. Había sido el primero en ser informado de la obtención del māphī. Los presos-vigilantes me han hecho un favor poniéndome al tanto de manera anticipada y personalizada; gracias a mi situación de extranjero, seguramente. Por otra parte, aquí seré el único extranjero indultado.

Hacia las 9, los otros presos que habían solicitado el indulto se reúnen delante del bloque 8. Los nombres son anunciados a gritos. Allí hay más de una centena de aspirantes. Otros simplemente vienen para asistir a este evento bienal, para distraerse y para sentir un soplo de aire fresco sobre la rutina carcelaria. Después de algunos minutos, el chowkidar sale con una lista en la mano. Mientras reina una tensión que se podría cortar con un cuchillo, anuncia con tono solemne los nombres de los afortunados seleccionados; sesenta y cuatro además del mío.

Empleo mi indulto mañanero en ir de tiendas. En el mudha company del bloque 5 compro una mudha 1 como recuerdo. Luego, voy a la tienda de ropa donde desato mi locura consumista: dos calzoncillos y un polo.

La idea es gastar todo el dinero que me queda para llegar al centro de retención administrativa con los bolsillos vacíos. Me baso en mi propia experiencia en detención preventiva, de este modo limito el riesgo de ser extorsionado por la policía y/o los detenidos.

Cuando acabé, me quedaban todavía 300 rupias. Fui al baño para esconderlas en mis calzoncillos. Sé que los agentes nunca los registran. Por fin, antes de mi anunciada liberación, tengo tiempo de pasar por la peluquería-barbería de la prisión.

Mi nombre vuelve a resonar en el recinto: los 65 deben salir. Me presento sin demasiada esperanza. Sé bien que no voy a ser puesto en la calle como los locales. Como extranjero, debo ser transferido al departamento de inmigración. Bajo la lluvia que comienza a caer, observo a los nepalíes que se van con una sonrisa de par en par, llevando al hombro sus colchones enrollados. Otros los miran de reojo con envidia. Espectadores masoquistas que vienen a proporcionarse a sí mismos algo de exotismo al ver marcharse a los afortunados.

Todavía tengo que esperar. Nik, un amigo compañero de celda, prepara cuidadosamente un pollo al curry para celebrar mi liberación. Voy a comerlo a la cocina. Aún no he terminado el plato cuando mi nombre suena de nuevo por los altavoces. Como a dos carrillos. Su pollo al curry es extremadamente bueno. Me llaman una segunda vez, y una tercera. A pesar de todo, me tomo mi tiempo para decirle a Nik lo que yo creo que será un adiós. Luego, bajo la lluvia, corro hacia mi bloque. El sahanaike Bikash, que está de servicio, me da una reprimenda: "¿Pero no tienes ganas de irte o qué?". Hace un rato me había dicho que llevaría mi equipaje directamente a la puerta, así que acudo allí directamente. Allí, le pregunto al naike de servicio:
-"¿Están allí mis cosas?"
-"Sí, sí", me contesta de forma evasiva.
-"De acuerdo, voy a comprobarlo".
-"¡No, no, hace falta que salgas! ¡Sal!".

"¡Sal! ¡Sal!”, gritan a coro los otros agentes a mis espaldas mientras corro al interior para escapar de ellos y anticiparme. Es una escena absurda: un preso al que le ruegan salir y, que sale corriendo en dirección contraria… Dentro del bloque, mis bolsas están todavía encima de la cama, Bikash no las ha tocado al contrario de lo que él pretendía.
"Perdón, perdón", se excusa mientras me ayuda a trasladar mi equipaje hasta el exterior.


  1. Pequeño asiento circular hecho de bambú y sin respaldo.  

Me ven regresar los detenidos que pensaban que me había ido. Soy el centro de atención. Tengo que repetir una quincena de veces lo que pasa antes de que se corra la voz.

Casi fuera

Esta vez me hacen salir directamente. Ahora estoy delante de la puerta, no hay más que un cordón de seguridad para bloquearme las rodillas. Por primera vez desde que estoy aquí, veo imágenes nuevas. Mujeres con coloridos saris, tierras sin dueño, los edificios de la administración, la vista del boulevard a mi izquierda. El olor a libertad me invade; el horizonte me llama.

"Sal" me ordena un naike. Iba a pasar por encima del cordón, pero otro naike me aprisiona entre sus brazos. Su legendaria coordinación es todo un espectáculo. Me quedo delante de la puerta con mis bolsas hasta nueva orden. Al cabo de un rato, se aproxima un guardia, con sus pequeños zapatos:
"Hum. Es la policía de inmigración la que te traslada...
-Sí...
-Y hoy es sábado. Ellos no trabajan los festivos. De todos modos trataremos de llamarles, pero seguramente hará falta que vuelvas a entrar...".

¿Por qué ni siquiera me sorprende? Es injusto y cruel que tenga que dormir una noche más en este lugar espantoso que tanto he odiado. Sobre todo después de haberme permitido respirar un soplo de libertad. Espero pues con los brazos cruzados y sin hacerme demasiadas ilusiones. ¿De verdad no hay hoy ningún agente de servicio en inmigración o ¿es todo un truco para sacarme un bakchich?

Mi padre surge entonces de la nada. Separados por el cordón, todavía no podemos abrazarnos. Él está aquí desde por la mañana, ha sido el primero en saberlo. Inmediatamente, ha llamado a mi familia y a otras personas en Francia que también me conocen…Los presos-vigilantes nos conceden a mi padre y a mí una entrevista en la sala de visitas de los abogados. Nos ofrecen café. La embajada le ha confirmado a mi padre que mañana podré ser transferido.

Más tarde, me doy cuenta de que si quiero ver publicados mis escritos, este es el momento ideal: le entrego las bolsas a mi padre. Doce cuadernos que contienen los días que he vivido en prisión.

La visita improvisada dura una hora, luego me guían dentro de la prisión. Me ven regresar los detenidos que pensaban que me había ido. Soy el centro de atención. Tengo que repetir una quincena de veces lo que pasa antes de que se corra la voz. Regreso a mi bloque en medio de unas risas incrédulas. Desde luego mi sitio ya ha sido reinvertido. El nuevo ocupante se levanta y acepta prestarme su colchón esta noche. Vuelve temporalmente al bloque 7, el de los nuevos, donde estaba hasta ayer. Nik sigue en la cocina. Amos, un amigo compañero de celda, le hace venir. El ambiente es deprimente. Se diría que mi efímera vuelta entristece aún más a los que ya son mis excompañeros, como si se hubiera desenterrado un cadáver.

Al día siguiente por la mañana me vuelven a llamar. Los naike me instan a salir rápidamente. La puerta se abre y avanzo hasta el cordón de seguridad. Un militar con una sonrisa perversa me tiende un par de esposas:
"Policía de inmigración" mientras me hace subir a un furgón con barrotes en las ventanas. Dentro están ya sentados dos policías, uno lleva una carabina más grande que él. El furgón se pone en camino a través de terrenos con baches. Otros dos agentes nos abren un portal –que no existía cuando llegué– y damos al bulevar KantiPath.

A medida que nos incorporamos al denso tráfico, veo empequeñecerse, por la reja de la puerta trasera, la cúpula del templo y el centro comercial que rodean la prisión. Ese punto minúsculo en el que estuve atrapado durante meses se encoge inexorablemente. Retrocedo y mido la extensión de la absurdidad de la prisión.

Al despegue, dedico un pensamiento a mis compañeros que se han quedado en tierra. Mientras que el avión planea por encima de la prisión central, veo por la ventilla cómo se alejan las luces de la ciudad.
Katmandú es tan bello como una prisión que arde.


Renaud, por Prison Insider.

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Prison Insider publica, desde septiembre de 2017, una serie de testimonios escritos 1 por Renaud Meyssonnier, y acabas de leer el último.

Estos relatos tienen una doble función. Dan vida a observaciones esenciales para descifrar el funcionamiento del sistema carcelario en Nepal: la organización particular de las prisiones, dejadas en manos de presos-vigilantes, los daï; la existencia de diversas y variadas actividades dentro de la prisión de Katmandú, donde todo parece comprarse; el estatuto particular de extranjero encarcelado se basa en unas condiciones de apoyo consular y diplomático para acortar la detención o ver evolucionar la situación. Asimismo, estos relatos muestran que, detrás de las grandes tendencias, las condiciones de detención se aplican a personas individuales, y que la prisión se queda grabada en los cuerpos y en las mentes.

La publicación de los testimonios de Renaud es, para Prison Insider, una forma de adscribirse a estas dos intenciones. Es también un acompañamiento a su proyecto de libro, que está en proceso de escritura. Sin más demora, he aquí el epílogo.


  1. realizar el índice y las referencias. 

Acceda a otros testimonios :


• Lea la primera parte del testimonio de Renaud : "bajo el techo del mundo, prisiones sin guardias"
• Lea la segunda parte del testimonio de Renaud : "la prisión de Katmandú, “un gueto mugriento y caótico"
• Lea la tercera parte del testimonio de Renaud : "Navidad en una cárcel nepalesa"
• Lea la cuarta parte del testimonio de Renaud : "mil trabajos, mil miserias"

Hoy en día, Nepal me recuerda inevitablemente a la prisión ─cuando pienso en el país, o bien cuando me encuentro a un nepalí de viaje─, puesto que allí nunca estuve en libertad; este país es para mí sinónimo de prisión

Epílogo

Tras pasar los últimos controles doy a parar a la zona internacional. ¡Ya está, la pesadilla ha terminado! Mi padre y yo estamos atónitos, no creemos lo que ven nuestros ojos. No nos abrazamos igual. Me doy cuenta de que ha adelgazado mucho. Unos 13 kilos. En Katmandú ha estado moviéndose mucho entre la pensión en la que se alojaba la embajada y la prisión. Mi problema le ha causado muchos quebraderos de cabeza. Yo, al contrario, desde mi detención he subido 10 kilos. La inactividad y las bebidas gaseosas me han hecho ganar peso.

De vuelta en Francia, en casa de mi hermano en Saint-Denis, tomo mi primera ducha de agua caliente después de ocho meses. Tengo suciedad en cada poro de mi cuerpo. Me hará falta mucho tiempo para eliminar la porquería de la prisión. Cuando termino, cojo un par de tijeras y recorto simbólicamente la pulsera que "Rock", el cocinero, había trenzado alrededor de mi muñeca a mi llegada a Bhairahawa. La tiro al cubo de basura.

Saboreo entonces mi primer sueño en una cama grande, en calma y en la oscuridad. Me despierto en medio de la noche sin tapones para los oídos y sin antifaz. Perdido, forcejeo con el edredón.

Después, recuerdo que estoy en un lugar seguro y me duermo de nuevo. Cuando abro los ojos por la mañana, mi primera visión es el canal, que representa para mí un gran paseo en solitario y sin obstáculos. Ninguna pared, ningún paso de peatones, semáforos en rojo…Bajo sin haber desayunado. Me voy al estadio de Francia.

Habiendo pasado la breve euforia de la liberación, atravesé un período de enfado. Cuando se sale hay una fase de adaptación, exactamente igual que cuando se entra. Pero en sentido contrario.

El contraste con el mundo libre es tan violento, que te sientes como los marinos que sufren del “mal de desembarco”.

Me lancé a escribir un libro, Por un puñado de dólares falsos. Primero, cogí los cuadernos que tenía guardados. Todavía estaban infectados del hedor de la prisión. Una vez que pasé a limpio mis notas, las amontoné en la chimenea y encendí el fuego.

Luego, utilicé todos los medios a mi disposición para liberar a un excompañero de celda. Amos había estado encarcelado durante cuatro años y medio por haber superado el tiempo de su visado. Pagué su fianza y su billete de avión. Después de un maratón administrativo de seis meses, ha sido deportado a su país de origen, Liberia. Le ahorré a mi amigo seis años, cinco meses y siete días tras de las rejas.

Hoy en día, Nepal me recuerda inevitablemente a la prisión ─cuando pienso en el país, o bien cuando me encuentro a un nepalí de viaje─, puesto que allí nunca estuve en libertad; este país es para mí sinónimo de prisión. Pienso que esto será siempre así hasta que no haya regresado como hombre libre, una vez que me levanten la prohibición territorial.

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Renaud Meyssonnier

Tengo un título en historia y un máster profesional con especialización en patrimonios. En 2015, comencé una vuelta al mundo. En primer lugar, fui a Bangkok sin coger el avión, pasando por Rusia, Mongolia y China. Después de un rodeo de cerca de 20 000 kilómetros por el sudeste asiático: caminando, haciendo autostop, en autobús, tren, taxi, barco…Decidí coger mi primer avión hasta la India, por donde viajé un mes antes de que me detuvieran en la frontera nepalí por llevar dinero falsificado. Los billetes que había intercambiado en la calle antes de entrar en Tailandia.

Tras volver al punto de partida, reanudé mi vuelta al mundo. Volé a Bangkok,en dos ocasiones, para continuar el viaje sin coger el avión. Fui hasta la Isla de Flores en Indonesia. Más tarde, cogí un vuelo a Australia. Luego, a Nueva Zelanda. Actualmente, estoy en la Polinesia Francesa. Paralelamente, continuo preparando “Por un puñado de dólares falsos” con vistas a publicarlo. Los extractos han sido puestos en línea y traducidos en la página web Prison Insider. Agradezco a Clara Grisot y a todo el equipo el haber recogido mi testimonio.


Traducido por Alazne Carro.
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