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Estados Unidos : en Lake Placid, un instante de libertad

Publicado el 19 septiembre 2017.

Anne-Valérie Bernard ha ido entablando una estrecha relación con Tewhan Butler, encarcelado en Lake Pacid, al norte del estado de Nueva York. A finales de abril de 2017, Anne-Valérie viaja de Francia a Estados Unidos para visitarlo. Relato, por Tewhan Butler.

Con una persona que ha recorrido tan largas distancias para verme me confirma que, al menos para ella, aún estoy vivo

En este día tendré derecho a un poco de paz, a un instante de libertad, al contacto con una persona del exterior; allá afuera hay alguien que ha cruzado el país para venir a visitarme. Durante ese corto momento de la visita, nos sentaremos y entablaremos conversaciones muy serias; hablaremos de cómo podríamos salvar el mundo, aunque para mí sea una ironía, ya que primero tengo que encontrar la forma de salvarme a mí mismo. Pero no importa, hoy es un día importante.

Una gran parte de la sociedad me considera —no solo a mí, sino a todas las personas privadas de libertad— como lo más despreciable de la tierra, así que el hecho de contar con una persona que ha recorrido tan largas distancias para verme y a la que puedo llamar amiga, me confirma que, al menos para ella, aún estoy vivo. Las visitas comenzarán pronto, por lo que me apresuro a ducharme para estar listo para ese momento; no quiero hacerla esperar, estoy seguro de que el personal de la prisión se encargará de ello. Siempre he estado de este lado del protocolo de visitas, pero mis visitantes me han contado que los guardias los tratan como si ellos también hubieran hecho algo malo. Lo entiendo, ante los ojos de un país que presume de su elevado número de personas encarceladas, visitar a un recluso es una especie de traición.

Una vez en la ducha, me baño con el jabón más caro de la prisión, lavo mis dreadlocks con el champú más barato del economato y me pongo un aceite musulmán bendecido por algo muy superior a mí. Durante todo este tiempo me pregunto qué es lo primero que le diré, ¿debo estrechar su mano?, ¿podría abrazarla rápidamente? Ella es mi amiga y necesito hacérselo saber. Además de las palabras, la única forma de demostrarle mi aprecio es la felicidad que irradia mi rostro cuando entro en la sala de visitas. Mis ojos hablan por mí, mi mirada le dice “¡Gracias!”

Estoy seguro de que esta mujer ignora por completo las cosas que suceden en este lugar, o cómo podría solucionarlas, pero eso no la detiene; viaja en busca de respuestas, mientras ella misma va ofreciendo algunas.

Durante 15 años, he estado encerrado en las peores prisiones federales de los Estados Unidos y las personas que he conocido desde siempre no hacen nada más que preguntas. Preguntas que surgen desde la calma de su hogar sin jamás atreverse a poner un pie en un lugar como este y sin importar la relación que alguna vez existió. Digo “existió” porque he comprobado que esa relación ha quedado en el pasado; no porque no vengan a visitarme o porque no pueda llamarlos por teléfono, sino porque el privilegio de su libertad es egoísta. Su libertad es lo único que vale y mi encarcelamiento, al igual que el de otros dos millones de personas, carece de la más mínima importancia.
Por esta razón, me digo una vez más que esta visita es como un regalo del cielo. Esta mujer viene de París, Francia, para desafiar la segregación racial, oponerse al individualismo y luchar contra la injusticia social y el encarcelamiento masivo.

Retrouvez dans notre rubrique Témoignages le récit qu'Anne-Valérie fait de sa visite à Tewhan Butler.

Tengo que hablarle de las injusticias, de las noches frías y de los días solitarios que tuve que soportar en las prisiones de máxima seguridad

Cuando por fin escucho mi nombre, “¡Butler, visita!” ya no puedo esperar más, tenemos mucho de qué hablar: Donald Trump presidente, las elecciones presidenciales francesas, las leyes que muchos de los reclusos de Estados Unidos esperan que se promulguen y con las que probablemente miles de ellos recuperarán su libertad, y, por supuesto, mi llegada a este nuevo establecimiento (fui trasladado de una prisión federal a un establecimiento de mediana seguridad). Atrapo mi documento de identificación y mi photo ticket1 para guardar el recuerdo de este momento de libertad. Enseguida, el guardia, que mental o emocionalmente desaprueba que un recluso tenga derecho a gozar del “lujo” de una visita, abre la puerta a regañadientes —supongo que no toma en consideración los vínculos familiares o sociales necesarios para sobrevivir al encarcelamiento—. Al salir de mi celda, me dirijo tan rápido como puedo a la sala de visitas.

Antes de ingresar a la sala de visitas, hay un breve momento en el que te recuerdan que no eres una persona libre, ese momento en el que el guardia te mira y te pide que te desnudes, te agaches y tosas.

Una experiencia completamente humillante antes de disfrutar el momento de paz que te han acordado. Los visitantes —no hay palabras para expresar por lo que ellos tienen que pasar para poder ingresar a la prisión— son tratados como si ellos mismos fueran reclusos. Alguien me dijo alguna vez que cuando una persona paga una pena de prisión, también lo hace su familia. Este es un perfecto ejemplo de ello. Tienen que soportar manos que tocan bruscamente sus cuerpos en busca de contrabando, detectores de metal y a veces requisas más profundas llevadas a cabo en otras salas, entre otros. Lo único que deseo es ver a mi visitante, la mujer que se preocupa por mi libertad como si fuera la suya.

La puerta se abre por fin, y allí está ella, mi amiga; sonríe y yo también, cada sonrisa ilumina ese lugar invadido por la oscuridad. Las personas están autorizadas a abrazarse o besarse por uno o dos segundos y si bien este no es el motivo de nuestra visita, en un simple abrazo amistoso puedo sentir su espíritu combativo, su corazón que late, las palmas de mis manos que sudan. Los dos preparados para luchar. Aunque en realidad, ambos ya estamos luchando: ella por la libertad de las personas encarceladas en el mundo, y yo por una causa mucho más grande que yo, con la satisfacción de saber que no estoy solo en esta lucha.

Tras nuestro corto abrazo, tengo el reflejo de mirar inmediatamente el reloj; la visita acaba de empezar y ya temo que pronto se acabe. Tengo que hablarle de las injusticias, de las noches frías y de los días solitarios que tuve que soportar en las prisiones de máxima seguridad; hablarle de estas prisiones de las que he logrado salir “victorioso” a pesar de que el sistema me puso allí para destruirme, destruir mi espíritu, destrozarme como hombre, hacer que mi delito me defina y no me permita ser alguien mejor, un ser humano. Allí me encerraron solo para hacerme un mejor recluso, y así asegurarse de que regresaré si alguna vez logro salir.

Conversamos, reímos, por poco lloramos, hasta que el guardia gritó “SE HA TERMINADO LA VISITA”.

Tewhan Butler


  1. en las prisiones estadounidenses, los reclusos deben entregar un photo ticket al fotógrafo de la sala de visitas para poder tomar una foto con su visitante. 

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