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Bangladesh: tortura y corrupción

Publicado el 17 mayo 2018

Shihabul Din fue arrestado por primera vez en 1983, y en cuatro ocasiones más entre 2012 y 2016. La asociación Planète Réfugiés lo entrevistó durante una misión de investigación realizada en Dhaka, en noviembre de 2017. Esta es su historia.


Mi nombre es Shihabul Din1, desde muy temprana edad adherí a la ideología y a los principios que defiende el movimiento Jamaat-e-Islami; tenía once años cuando se despertó mi interés por las ideas de este partido. Debido a mi implicación, me arrestaron por primera vez en 1983. En esa ocasión, me llevaron a una comisaría en Dhaka, en la que permanecí detenido durante dos días. Entre 2012 y 2016, me arrestaron cuatro veces.

En febrero de 2014, en una operación conjunta de los servicios de policía, el Batallón de Acción Rápida (Rapid Action Battalion, RAB) y las fuerzas de élite de la policía, me detuvieron a la medianoche, mientras estaba solo en casa, y me llevaron a una comisaría, en la que permanecí trece horas.

No me torturaron porque uno de mis familiares desempeña importantes funciones políticas en el partido que gobierna actualmente. Sin embargo, sí fui testigo de escenas de tortura muy violentas, como por ejemplo, descargas eléctricas en los testículos.

Me acusaron de participar en la organización de manifestaciones y en la colecta de fondos para el movimiento. Tuve que comparecer ante un juez; mi abogado solicitó la libertad condicional, pero fue denegada, así que me transfirieron a la prisión central de Dhaka. En mi auto de acusación figuraban 18 cargos, de los cuales 12 se relacionaban con mis vínculos con el movimiento Jamaat-e-Islami.


  1. se ha cambiado el nombre. 

El arroz está lleno de piedritas

Escenas de tortura inimaginables

Permanecí un mes en la prisión central de Dhaka, donde la sobrepoblación es un problema endémico.
La mayoría de reclusos viven en condiciones deplorables, la comida es pésima, el pan es tan duro como uno de los barrotes de las celdas, al punto que los reclusos se abstienen de comerlo por miedo a romperse los dientes, el arroz está lleno de piedritas, y el acceso a la ducha es una carrera de obstáculos, tan pronto como suena la alarma, hay que correr para poder ducharse. En detención, la tortura es omnipresente, mientras estaba ahí, vi como golpeaban a las personas con palos, les daban patadas...

Durante mis periodos de encarcelamiento, entre 2012 y 2016, fui testigo de escenas de tortura inimaginables: electrocución, golpes, quemaduras de cigarrillo para obligar a las personas a mantenerse en una u otra posición, etc.

Incluso, vi máquinas de tortura giratorias ─sobre las que sentaban a los reclusos─, que giraban tan rápido, que las personas perdían el conocimiento en menos de un minuto.

En la prisión de Dhaka solo hay dos médicos por 10 000 presos

Todo se compra

Las condiciones pueden cambiar drásticamente si eres rico y si tienes buenas relaciones con el “writer”, el jefe de celda, que goza de un poder absoluto. Todo es comercializable: el acceso al médico, un espacio para dormir, comida adecuada, acceso a la ducha, etc. Si tienes la posibilidad de pagar, hasta puedes tener servicios de masaje; esto es para los reclusos más ricos.

Yo tuve que pagar 30 000 takas (más de 300 euros) para obtener condiciones de reclusión decentes. A modo de comparación, en Dhaka, el salario de un funcionario, al inicio de su carrera, es de 22 000 takas, y el alquiler de un pequeño apartamento en un barrio popular cuesta entre 15 000 y 20 000 takas al mes. De este modo, pude comer correctamente, tener un lugar donde dormir, acceder a la ducha y lavar mi ropa.

El acceso a la salud es demasiado complicado; en la prisión de Dhaka solo hay dos médicos, que cambian de turno cada ocho horas. Es decir, que hay solo un médico por cada cinco mil reclusos ─teniendo en cuenta que en febrero de 2014, había 10 000 personas encarceladas en este recinto─.

El acceso a los medicamentos es simbólico, hay tres tipos de medicamentos distribuidos: la “napa” (paracetamol), la crema para las enfermedades de la piel y el jarabe para la garganta.

Para ser trasladado al hospital, hay que pagar 5000 takas (más de 50 euros); para hacerse exámenes, el principio es el mismo, se debe pagar, en promedio, 10 000 takas.

Durante el verano de 2016, me arrestaron junto con otras quince personas, bajo los mismos cargos que dos años atrás. En esta ocasión, vi más de una decena de personas en un estado de salud bastante preocupante. Sin embargo, no había ningún seguimiento médico. Uno de los reclusos falleció a causa de las complicaciones de una hemiplejía. Me liberaron al cabo de tres semanas de detención, la libertad condicional me costó 200 000 takas (más de 2000 euros).

Hoy me encuentro bajo supervisión judicial y debo presentarme regularmente al juzgado, ya sea dos veces al mes o una vez cada seis meses, según el caso. Mi vida personal cambió por completo; mis hijos viven con el temor de que me arresten en cualquier momento; tengo queser precavido cuando utilizo el transporte público. Desde mi salida de prisión, en 2016, no vivo con mi familia y tengo que cambiar a menudo de domicilio para evitar que me arresten de nuevo.

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