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Uruguay: prison to prison, cómo pensar las cárceles desde la arquitectura

En la descripción del proyecto uruguayo se deja en manifiesto lo siguiente: “La noción del Freespace es predominantemente política y brinda una oportunidad única de hablar del hoy y de lo urgente. De entender la conversación como el único camino posible para la arquitectura, y más aún para las exposiciones de arquitectura”. Así fue como hicieron entrar en diálogo a dos cárceles nacionales que –pese a que comparten medianera– tienen modelos arquitectónicos que reproducen concepciones de castigo, vigilancia, espacio y derechos humanos bien distantes. Así abordaron, desde la arquitectura y el urbanismo, un espacio tan importante y determinante (como también olvidado) por la sociedad que lo engendra y padece.

A su lado está la cárcel de Punta de Rieles –Unidad N°6. Si bien el edificio funcionó como cárcel militar para mujeres entre 1973 y 1985, en 2010 volvió a ser un establecimiento penitenciario. Conocida como cárcel “pueblo”, este lugar tiene 600 plazas y contiene espacios cedidos para emprendimientos donde trabajan las personas privadas de libertad, canchas para realizar deportes, y zonas para actividades culturales; también hay calles por donde transitar, baños fuera de las celdas y espacios al aire libre inimaginables en la mayoría de las prisiones uruguayas.

En diálogo con El Observador, Aldama explicó que, por un lado, se encontraron con una cárcel mucho más “cerrada, punitiva y violenta”. Y por el otro, vieron una más “abierta y esperanzadora”. Mientras que en la cárcel de Punta de Rieles se intenta dar un contexto a sus habitantes, en la otra “el contexto es cero” dijo el arquitecto.

“Esta es una de las grandes diferencias; no es arquitectónica pero tiene consecuencias arquitectónicas porque es un modelo cerrado que establece, ‘tengo estas piezas, lo armo, quedó y no se cambia. Necesito llenarla con dos mil plazas’”, dijo Aldama. Además el arquitecto indicó que esas plazas tienen un valor económico mientras que en Punta de Rieles se consideran a las 600 personas viviendo en una especie de pueblo en movimiento.

En ese sentido Luis Parodi, director de la Cárcel de Punta de Rieles manifestó que, de cierto modo, la ideología predominante en materia carcelaria intenta congelar a las cárceles, que son lugares donde en realidad los presos, “necesitan pelear la vida”. Por eso para el director, Punta de Rieles “no es un modelo”. “El modelo se congela, es una propuesta de trabajo mejorable, producto de una época, donde luego vendrán otros y harán otras cosas”, aseguró.

Morera contó que a través del proyecto intentaron mostrar gráficamente, por un lado, una cárcel representada como una máquina que promueve una vida abstracta y, por otro, una en la que se ve la riqueza propia de la vida cotidiana. Justamente, en esa cárcel “pueblo”, los espacios se configuran y reconfiguran todo el tiempo porque lugares que hoy funcionan como una pizzería, una rotisería y una panificadora; mañana pueden convertirse, por ejemplo, en un almacén, una peluquería y una mercería. Los espacios responden a la necesidad de las mismas personas que interactúan en ellos. “La construcción de la propia cárcel es un proceso de la propia política que se va dando en la cárcel” dijo Aldama. Algo que según Morera, resultaría impensado en la Unidad N°1 por el modo en el que están dispuestos los espacios.

La arquitectura de las cárceles tiene un significado. Un edificio, limita o permite. Un espacio al aire libre genera movimientos y exorciza el ahogo producto del encierro.

Un lugar físico pensado en base a las personas que lo habitan, humaniza. Sin embargo, cuando el grupo que fue seleccionado para viajar a Venecia se conformó (en 2017) y presentó su tema, desde la Facultad de Arquitectura Diseño y Urbanismo se generó cierto cuestionamiento. Muchos profesionales entendían que una cárcel no es arquitectura. “Lo carcelario desde la arquitectura y desde nuestra facultad es algo que no se ve, es un tema tabú más allá de que se trate de edificios que tienen 24 horas personas adentro”, dijo Morera.

Los integrantes del grupo sintieron la necesidad de “ampliar los límites de la burbuja de la Academia con el diálogo”.

Para el comisionado parlamentario, Juan Miguel Petit, la construcción de una cárcel como edificio no se trata solo de “poner un bloque y colocar cemento”; tiene que ver con la convivencia y su metabolismo. Por eso opinó lo siguiente: “Una cárcel es un hecho arquitectónico, urbanístico, y social, porque interviene en el tejido mismo de una sociedad”.

El diálogo que propone Prision to Prision excede al proyecto en sí mismo y plantea una cuestión mucho más profunda. En Uruguay las cárceles no poseen diseños arquitectónicos pensados; se van construyendo sobre la marcha y, por lo general, son modelos importados. La ubicación: ¿muestra o esconde?

Denisse Legrand es coordinadora del programa socioeducativo en cárceles, Nada Crece A La Sombra y periodista de La Diaria. Desde el otro lado del teléfono dice que las cárceles están lejos en el imaginario y lejos en el territorio. “Mucho de lo que sabemos es por los relatos o televisión, que siempre cuentan y muestran determinada visión”, dijo. Además, puntualizó que el hecho de que en los últimos años se hayan llevado cárceles a la periferia muestra que esa es una realidad que buena parte de la población deja de ver.

Los responsables de Prison to Prison señalaron al respecto lo siguiente: “Uruguay es un país urbano donde más del 90% de la población vive en ciudad y los presos son personas que (antes de estar privadas de libertad) vivían en la ciudad”.

Luis Parodi es contundente en su pensamiento: “Si la cárcel es parte de la democracia debería estar en las ciudades”. En ese sentido, Juan Miguel Petit contó la experiencia de muchos países del mundo que tienen cárceles pequeñas ubicadas en el medio de un barrio. Eso, según explicó, “provee (a los vecinos) beneficios secundarios como la iluminación, la seguridad, la afluencia de actividades comerciales, y el aumento en la frecuencia de ómnibus”. Para Petit, se trata de un “tema urbanístico –que no está pensando– que le sacaría a la cárcel el aspecto estigmatizante y demonizante”. El edificio, las divisiones, los espacios, los objetos.

Lo que sucede dentro de las cárceles tiene, según Petit, impacto a futuro cuando el preso sale en libertad. En la misma línea, Parodi indicó que es necesario empezar a pensar en la “cárcel como experiencia y no como el final”.

“Una cárcel que está llena de rejas, realizada con una arquitectura violenta, genera desconfianza, poca seguridad e incrementa la falta de vínculos”, señaló Legrand en referencia a lo que suele suceder en las cárceles uruguayas. Por otro lado, remarcó aspectos básicos de la vida cotidiana que los presos no tienen. La mayoría de los presos en Uruguay no tienen derecho a ir al baño en privacidad, porque el wáter está ubicado dentro de las celdas –que comparten con ocho personas más–. “Si yo como y cago en un mismo lugar me transformo en un bicho”, apuntó Parodi, director de una cárcel donde esta “supuesta medida de seguridad” no existe.

Los presos no tienen derecho a decidir cuándo estar solos, porque no tienen lugares donde estarlo; viven meses o años con un campo visual limitado –como describió Legrand– que se topa con muros y carece de horizontes. Los presos no tienen un lugar íntimo donde estar con sus personas queridas cuando los van a visitar ya que comparten salas donde hay varias familias distintas. Los presos deben agendarse para mantener relaciones sexuales con sus parejas como si se tratará de un trámite.

Legrand contó que una de las discusiones más grandes –cuando se habla sobre cómo condiciona la arquitectura– gira en torno a la pregunta: “¿Los interruptores de luz deberían estar adentro o afuera de la celda?”. Algo que resulta tan mundano, en una prisión puede significar, por un lado, toda una “asamblea” de ocho personas decidiendo cuándo apagar la luz y, por otro, que alguien que no vive allí lo decida.

En referencia a los espacios al aire libre, la periodista uso de ejemplo lo que sucede en la Unidad N° 4, ex Comcar. “Los módulos más tradicionales del Comcar tienen un patio central rodeado por tres planchadas enfrentadas entre sí. Todo eso está lleno de rejas, entonces, muchas veces la interacción que tienen las personas es la mirada, el grito, o la violencia”.

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