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Uruguay: palo, tortura y hambre en la "cárcel modelo"

Juan Andrés Castro Jiménez tiene 40 años recién cumplidos y otro nombre. En 2016 cayó preso en el Comcar, pero desde fines de febrero de 2018 está en lo que llama “el laboratorio del gobierno”: la cárcel nueva de Punta de Rieles, conocida oficialmente como Unidad de Internación de Personas Privadas de Libertad N°1 (Uippl N°1); la única de las 29 cárceles para adultos del país que fue diseñada en el marco de la Ley de Participación Público-Privada y que es cogestionada por una empresa.

Juan Andrés no quiere volver al “cantegril”, como le dicen al sector del módulo 11 del Comcar, ni a estar recluido 24 horas con cinco más en una celda desde la que ve llover excrementos porque da a las cloacas de los pisos de arriba. Pero tampoco quiere seguir siendo “rata” en la prisión que el Instituto Nacional de Rehabilitación (INR) promocionó como “modelo” penitenciario.

Desde que se inauguró a fines de enero, la nueva cárcel no ha sido noticia por las “oportunidades de estudio, de trabajo” ni por las “diferentes propuestas” que, según autoridades del INR, iba a brindar al recluso y marcarían la diferencia respecto a los demás centros de reclusión. Quizá sea porque la prisión “modelo” todavía no reúne “las imprescindibles actividades de rehabilitación, educación e integración para cumplir con lo mandado por las normas internacionales y nacionales”, como advirtió el comisionado penitenciario parlamentario, Juan Miguel Petit, en su informe anual presentado en mayo. Quizá porque los puestos laborales que iba a ofrecer la empresa hasta el momento han sido solo 30 para una población de 900, que seguirá aumentando hasta completar el total de plazas con 1060 hombres más.

Sin embargo, la Uippl N°1 sí fue noticia porque en menos de seis meses hubo dos hombres que murieron de forma violenta. La primera muerte fue la de Nicolás Alexander Díaz García, un joven de 23 años que el 31 de marzo se ahorcó en el sector de castigo de celdas individuales. Había sido trasladado a la cárcel nueva el 7 de febrero. El joven, que desde los siete años era tratado por psiquiatras por “problemas de conducta”, el 3 de marzo había solicitado ver a uno, pero el INR no obtuvo autorización judicial para trasladarlo. Doce días antes de que se matara había sido sancionado por una “falta leve” y le habían prohibido jugar al fútbol por 10 días, que era la única actividad que realizaba. Dos meses y medio después, el 19 de junio, asesinaron a Cristopher Bryan Salina Medina, que tenía 29 años. Murió desangrado en las escaleras del módulo ME 08, apuñalado por otro preso.

Aunque no pasó, la nueva cárcel también podría haber ocupado los titulares de los medios porque hubo y sigue habiendo intentos de suicidio; tres operadoras penitenciarias fueron sumariadas por hacer “favores” a reclusos; hubo violaciones sexuales entre presos; robos de las pertenencias de los lockers que están al ingreso de la cárcel, donde familiares y allegados de los presos deben dejar las cosas antes de ingresar a la visita; presos que lograron ingresar celulares; golpes de policías a los presos; peleas en las filas de la visita; peleas entre presos.

También porque en la cárcel “modelo” ya hubo policías que propinaron severos castigos físicos a los que están presos.

Pasó durante requisas en las que el Grupo Especial de Operaciones Penitenciarias (GEOP) golpeó a más de 100 hombres que están recluidos en los módulos MB03 y MB04. La primera vez incluyó horas de tortura en el patio; la segunda llegó después de varias amenazas y como castigo por haber denunciado la primera.

Menos de 12 horas después de que Bonomi saliera de la Cámara de Senadores, donde había estado casi medio día hablando sobre “seguridad pública” y defendiendo la labor policial, agentes del GEOP ingresaron a los módulos para inspeccionar las celdas en busca de elementos prohibidos. Las requisas son habituales en las cárceles y deberían realizarse de forma no violenta y con diálogo mediante. Sin embargo, el jueves 19 de abril la Policía llegó sin mediar palabra y a los golpes. Los que estaban en el MB03 la pasaron peor.

Los testimonios anónimos de una operadora penitenciaria, de uno de los golpeados a través de cartas, de dos familiares de presos en el MB03, y de funcionarios de otros organismos que también están trabajando allí, permitieron construir el siguiente relato.

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